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Faena de abrigo en la Gran Vía

Serían las ocho de la mañana de aquel gélido día de enero cuando, en el paseo de la Virgen del Puerto, los lugareños de la capital se sobresaltaron con una aparición que les resultaría alucinante: un toro negro y bien armado en su cornamenta, que se hacía acompañar por una vaca, arribaba desde el puente de Segovia buscando guerra. Las reses, luego de recorrer la empinada Cuesta de San Vicente, se plantaron en la mismísima Plaza de España. Allí hubo ocasión para que algunos lidiadores circunstanciales hicieran de las suyas con poco tino, dicho sea de paso, pues los animales –en especial, el toro bravo– salieron más que airosos del lance. Deambularon sueltos por la calle del Conde de Toreno hasta llegar a la de Leganitos. Allí, una mujer sexagenaria que respondía al nombre de Juana y que emprendía la huida presa del pánico, se trastabilló siendo volteada por el morlaco, que no llegó a ensañarse con la víctima quien, malherida, fue trasladada a la próxima Casa de Socorro. Junto a ella sería atendido de un puntazo un hombre llamado Anastasio que, en un honroso gesto de valor, pretendió distraer al animal y así evitar males mayores con la mujer alcanzada. Tras este episodio, con ribetes de tragedia, toro y vaca se llegaron hasta la Corredera Alta de San Pablo, irrumpiendo en el mercado de San Ildefonso que a esa hora comenzaba a hervir. Allí, ante el pavor de la muchedumbre que huía como alma que lleva el diablo, la emprendieron con los puestos de venta, cebándose con los situados en la esquina de la calle de la Palma y, en especial, con los de frutas y verduras, degustando la variedad de plátanos así como los repollos y otra suerte de hortalizas. Una vez colmado y quién sabe si saciado su enorme estómago, el toro recorrió la calle de la Corredera para desembocar en la arteria principal: la Gran Vía.

El festín taurino llevaba ya tres horas de celebración cuando el bicho hizo acto de presencia en la avenida del Conde de Peñalver. Al paso del animal, caían las persianas y las cerraduras se enclavijaban de cuantos comercios y demás establecimientos hallaba en su trasiego. Dos guardias de seguridad, de nombres Manuel y Basilio, y que transitaban por la zona, buscaron infructuosamente poner orden entre la maraña de gentes que corrían despavoridas. La desgracia cobró su factura con un guardia urbano llamado Agustín quien, de paisano, circulaba por la avenida y al que el animal lesionó de forma leve en una de sus manos y en un lado de la cara.

La Fortuna –sobrenombre con el que además se le conocía en el mundillo– quiso que a esa hora paseara por la Gran Vía un matador de toros que, acompañado de su esposa, caminaba en dirección al domicilio de sus suegros. Su nombre era Diego. Consciente del desaguisado que la bestia podía ocasionar, se despojó de su prenda de abrigo y se dispuso a lidiar con el astado. Fue capaz de templarlo, al tiempo que desde el cercano Casino Militar se le hacía llegar un sable para que lo estoqueara. El diestro, al ver tan singular espada, la consideró inútil para la faena en cuestión, por lo que optó por enviar a un muchacho quinceañero al garaje de su casa, ubicada en la calle de Valverde, y que retornara con el estoque que solía llevar en el maletero de su automóvil. Un cuarto de hora tardó el chaval, al que todos llamaban Juanillo, en hacer tan apremiante encargo, tiempo que el torero empleó en bregar en una improvisada faena con el animal, que ya empezaba a dar las primeras muestras de fatiga. Desde los balcones, las gentes contemplaban incrédulas la escena, y unas modistillas incluso jaleaban al diestro en cada lance que protagonizaba. Desde la cercana comisaría se enviaron numerosos efectivos, tanto a pie como a caballo, para controlar a la ingente multitud de curiosos que en la zona se había dado cita. La llegada del mensajero con el estoque fue recibida con una ovación de gala, a la que siguieron otras de similar jaez cuando el torero ejecutó varios pases para cuadrar al cornúpeta. Tras la faena de abrigo, el diestro entró a matar cruzando los brazos, aunque sin desviarse, y clavando una media estocada que hubiera sido calificada de aceptable desde los tendidos de la plaza de la carretera de Aragón. La ovación resultó todavía más estridente que las anteriores, jalonada con algún temeroso ¡ay! de las féminas que lo observaban. No cayó al instante el animal a tierra, por lo que aún precisó varios pases antes de pasar al descabello. Fue entonces cuando, al ir a ejecutar esa suerte, resultó herido un agente policial que, de forma un tanto imprudente, se había acercado al toro. Y hubo de ser en el segundo de los intentos cuando la res cayera fulminada sobre los adoquines, al tiempo que la multitud enloquecía ante la visión de tan singular espectáculo, rayano el mediodía. Las modistillas, desde su atalaya, incluso pedían la oreja blandiendo sus níveos pañuelos bordados. El matador, inmóvil junto al toro caído, no daba crédito a la escena. De pronto, unos hombres robustos lo cogieron en volandas y lo subieron a hombros, paseándolo hasta un café de la cercana calle de Alcalá. Allí remojaron el gaznate y redactaron un pliego, que recorrió la Gran Vía y calles adyacentes, en el que se solicitaba mediante firmas de adhesión que se le concediera la Cruz de la Beneficencia a tan arriesgado y heroico matador. Mientras esto iba ocurriendo, al toro lo cargaron en un carro, lo cubrieron con una especie de tela marrón y lo evacuaron al matadero. Al deshecho bóvido lo acompañaban el ganadero y propietario de la res extraviada, quien se apellidaba Bermúdez, y que residía en una suntuosa vivienda del paseo Imperial, así como un criado de éste, de nombre Nicolás y de apellido Fernández, como cualquier otro sirviente de aquel Madrid en el que sucedieron los hechos aquí relatados.

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