Virolas

En torno a ‘la Falange de Garzón’

Cuando estos días resulta bastante común escuchar la frase recurrente de que la Falange ha sentado en el banquillo al juez Garzón, convendría preguntarse a qué Falange se están refiriendo. Ello, en el supuesto de que el solo concurso de una minúscula y marginal formación extraparlamentaria hubiera sido capaz de reducir y desarmar con sus argumentos a todo un magistrado de la Audiencia Nacional.

Y es que, luego de la legalización de los partidos, con el advenimiento de la democracia en nuestro país tras la muerte de Franco, sucedieron distintas Falanges. Por sorprendente que pueda parecer, aquello constituyó un conglomerado que, en el espectro ideológico, podría situarse desde la extrema derecha a la extrema izquierda. Surgieron entonces Falanges por doquier, inspiradas todas ellas –eso al menos decían sus promotores– en la esencia misma del genuino pensamiento joseantoniano, esto es, el de su fundador, José Antonio Primo de Rivera.

Pero el origen de esta cuestión hay que situarlo en los comienzos de esta formación política, en plena II República española. El 29 de octubre de 1933, el madrileño Teatro de la Comedia acogió un acto en el que se sentaron las bases de lo que su principal valedor calificó ya como un movimiento (“Una unidad de destino en lo universal”, llegaría a definirlo) y no tanto como un partido al uso. José Antonio pronunciará entonces una frase que pasará a la historia, escrita a sangre y fuego en el frontispicio falangista: No hay más dialéctica admisible que la dialéctica de los puños y de las pistolas cuando se ofende a la justicia y a la Patria”.

En aquel acto primigenio, José Antonio se hizo acompañar de otros promotores de la idea, actuando también alguno como orador: Julio Ruiz de Alda y Alfonso García-Valdecasas.

Apenas unos meses después, Falange Española se fusiona con las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalistas (JONS) que lideraba, junto a Onésimo Redondo, el que pasa por ser, ideológica e intelectualmente, el verdadero padre del fascismo español: Ramiro Ledesma Ramos. Con todo, no siempre la relación entre unos y otros fue la óptima. Además, los resultados electorales en cuantas contiendas de este tipo concurrió FE y de las JONS durante la II República, siempre fueron exiguos. Tanto, como los fondos económicos contenidos en sus esquilmadas arcas.

Existía la opinión generalizada entre algunos intelectuales de la época de que en España no se daban las circunstancias concretas para que despegara la ideología fascista, como sí ocurriera en Italia o Alemania. FE de las JONS nunca fue una alternativa seria a nada, pues los potenciales sufragios que pudiera recolectar entre las gentes de su espectro ideológico solían ir a la derechista CEDA de José María Gil-Robles en concepto de lo que posteriormente se diera en llamar voto útil.

En marzo de 1936 se ilegalizará FE de las JONS como consecuencia del clima de violencia que reina en las calles de determinadas ciudades españolas. Las refriegas con grupos de izquierda son continuas y la sangre se cruza en una y otra acera. Se detiene a los máximos dirigentes falangistas y se les encarcela. La Justicia revocará esa ilegalización en junio de ese mismo año, si bien Primo de Rivera permanecerá en prisión al haber sido condenado a una pena de 9 meses por tenencia ilícita de armas.

Cuando el 18 de julio de 1936 estalla la sublevación militar en África, el jefe nacional de Falange está encarcelado en Alicante. Sus contadas conversaciones con Francisco Franco, quien volaría desde Canarias para encabezar la asonada, no habían aclarado suficientemente si el Ejército estaba dispuesto para pasar a la acción. En los días previos al golpe, José Antonio había conseguido hacer llegar una misiva a otro de los cabecillas de la rebelión: el general Emilio Mola. Y éste le pone al corriente de lo que se está cociendo.

Iniciada la Guerra Civil, Primo de Rivera es juzgado en Alicante. Un hipotético jurado lo condena a muerte como inductor a la rebelión militar. Y es fusilado el 20 de noviembre de 1936 en el patio de la propia cárcel.

La Falange queda descabezada, aunque de ello no serán conscientes sus militantes hasta algunos días después. Entre agosto y septiembre, Manuel Hedilla Larrey asume el mando de la organización. En abril de 1937, Franco hace público un decreto de unificación por el que se integra en un partido único a falangistas y requetés: nace entonces Falange Española Tradicionalista y de las JONS. Se detiene a Hedilla, bajo la acusación de haber conspirado contra Franco, y se le condena a muerte. La pena es conmutada a posteriori, aunque el ex dirigente sufre cárcel y destierro. Este episodio supondrá un punto de inflexión en el falangismo, al ser muchos los que considerarán que Franco se apropió de algo que no le correspondía y que le permitió revestir ideológicamente un régimen puramente militarista.

El partido único arrancará con exponentes en su dirección del calado de Ramón Serrano Súñer, a la sazón cuñado del propio Franco. Cuando eluden la cárcel o se salvan milagrosamente del pelotón de fusilamiento, otrora fieles joseantonianos como Raimundo Fernández-Cuesta o Rafael Sánchez Mazas se integran ávidos en el mismo. También lo hará la mismísima hermana del fundador, Pilar Primo de Rivera, responsable durante largos años de lo que se dio en llamar la Sección Femenina del Movimiento, denominación que recibirá FET y de las JONS tras la derrota germano-italiana en la guerra mundial.

El concurso de la mayor parte de los falangistas en la Guerra Civil fue total. Su disposición, también. Encuadrados en las diferentes unidades, combatían sin descanso en pos de la victoria de la que ya se hablaba en su himno, el Cara al sol, y por ello habrían de pagar el alto precio de contar sus bajas por millares.

Acabada la guerra, los hubo que se instalaron en el aparato del poder y los hubo también –quizá los menos– que se quedaron al margen, bien por voluntad propia o por una evidente marginación que pudo deberse a variadas razones. Pasados un par de años de la finalización de la contienda fratricida, habría sectores del falangismo que proclamarían su carácter revolucionario reivindicando, incluso, entrar en la II Guerra Mundial apoyando a la Alemania nazi. Ello contradecía abiertamente la línea oficial del régimen, que optaba por mantenerse al margen del conflicto aunque próximo al Eje Berlín-Roma, sobre todo en compensación por la copiosa ayuda recibida para aplastar a las tropas republicanas españolas.

En los primeros años del nuevo régimen, el surgido tras los tres años de incesantes combates, los dirigentes ocasionales de FET de las JONS jugarán un papel preponderante en la administración ejecutiva del Estado. Sin embargo, con el paso de los años, su influencia iría decayendo en beneficio de los llamados tecnócratas, muchos de ellos cercanos al fundamentalismo de la organización religiosa del Opus Dei.

Y llegamos a la muerte del dictador, acaecida en 1975. Tras ella, se aprube la Ley de Reforma Política y en 1977 se legalizan los partidos. Hasta cuatro organizaciones se disputan no sólo las siglas, sino la esencia pura del falangismo. A saber: los Círculos José Antonio, la Falange Auténtica, la Falange Independiente y el Frente Nacional Español. El asunto llegará a los tribunales, que dictaminarán que la legitimidad la ostenta el grupo que lidera alguien que no es otro que el veterano camisa vieja y colaborador en los treinta y tantos años del franquismo, Raimundo Fernández-Cuesta. En 1983 abandonaría la jefatura, siendo elegido como sustituto Diego Márquez Horrilo.

Las demás formaciones, aun no pudiendo utilizar como propias las siglas de FE de las JONS, siguieron presentes en la escena política, reivindicándose incluso alguna con la excéntrica vitola de ser una especie de Falange de izquierdas.

Sin embargo, nunca ninguna de estas formaciones alcanzó un sonado éxito electoral. Si acaso, con la excepción que en las legislativas de 1979 supuso que el grupo de Fernández-Cuesta entrara en una coalición denominada Unión Nacional –en la que también figuraba el partido que aglutinó a muchos posfranquistas, Fuerza Nueva– y que se consiguiese obtener un acta de diputado al Congreso por Madrid en la persona de un notario de verbo encendido: Blas Piñar López.

De manera que, a modo de conclusión, hoy en día resultaría harto complicado discernir si cualquiera de las Falanges que se desparraman por la geografía nacional es la heredera verídica de la que viera la luz una mañana de un 29 de octubre de hace 77 años en un teatro madrileño. Una organización a la que, ya desde sus orígenes, se aproximarían muchos jóvenes con inquietudes intelectuales, atraídos posiblemente por la pujanza emergente de la ideología fascista en Europa, algunos de los cuáles, una vez consagrados socialmente, renegarían con el paso de tiempo de semejantes postulados. A lo sumo, en cuanto a los de hoy, se trataría de presuntos descendientes de todo aquello, dispersos aunque circundantes de un proyecto encabezado por quien fuera un joven político, al que el régimen franquista utilizó hasta la extenuación como mártir e icono, y del que siempre quedará la duda sobre qué trayectoria hubiera tenido en la consiguiente historia de España si no hubiera caído fusilado, como tantos otros en una y otra trinchera, durante una gélida madrugada alicantina y por un pelotón apostado frente a un muro carcelario, en los estertores de una guerra tan incivil y devastadora como lo fue aquélla.

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