Diario

Diario de un prodigio (LXIX)

Uno se va dando cuenta de que le van cayendo los años cuando, por ejemplo, entra en un local de ocio y, como antaño, ya no tiene que divagar demasiado sobre si las mujeres que hay en él le sobrepasan la edad. Me ocurría eso en plenitud de mi década veinteañera, y adivinar aquello hasta me resultaba divertido y sugerente. Hoy, una vez penetro en el sitio en cuestión, sé a ciencia cierta que suelo ser de los que más hojas arrancaron del calendario. Es entonces cuando te presentan a alguien que tú no conoces, pero que sí te tiene identificado. Una vez ese hecho se produce, se te caen los palos del sombrajo.

¿Tan viejo soy ya? ¿Dónde estuve metido todo este tiempo? Para más señas, le haces ver que por mera cuestión generacional no podéis haber coincidido. Y ya desbarras del todo al confesarle tu edad. Claro, claro, añades, tú eres hija de fulanito y menganita. Los conozco. Ahora caigo.

Te marchas de allí con la mosca tras la oreja, por el tiempo transcurrido y por jugar roles que no hace mucho veías desempeñar a otros. Y vuelves irremediablemente a los versos de Campoamor, aquellos versos que evidenciaban eso de que las hijas de las madres que amé tanto me besan ya como se besa a un santo.

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