Virolas

Despertando a la bestia

El celebrado alborozo que a muchos les produce el batacazo de Nicolas Sarkozy en las elecciones regionales francesas de ayer, guarda directa proporcionalidad con los mismos que se afanan en subrayar el éxito –que lo es– del Frente Nacional (FN). Que la izquierda ha ganado el plebiscito es incuestionable: el Partido Socialista (PS), Europa Ecología y el Frente de Izquierda consiguen en torno al 54% de los sufragios frente a tan sólo el 36% del partido gubernamental, la UMP. Es decir, que la izquierda gobernará en 23 de las 26 regiones del país. Habrá que indagar, también, en las motivaciones que ha llevado a casi la mitad del censo (48,12%) a no acudir a los colegios electorales en esta segunda vuelta de los comicios.

Pero volviendo al éxito de la extrema derecha, del que hoy son valedores como sonoro altavoz los medios más lejanos a las tesis lepenistas, destaquemos alguna observación. La cabeza de lista del FN en Nord-Pas-de-Calais, Marine Le Pen, hija y heredera del presidente del partido –Jean-Marie Le Pen ya tiene de 81 años y se marchará el año próximo–, ha sido tajante en su valoración: “Hemos obtenido una victoria incontestable. Hemos mejorado los resultados de la primera vuelta, lo que no nos ocurría desde hacía tiempo”. En efecto, el FN habría alcanzado, a nivel nacional, casi un 10% de los votos, si bien es de destacar que sólo concurría, en esta segunda vuelta, en una docena de regiones –de un total de 23 donde había elecciones– y en las que, de media, obtuvo el 17,5% de respaldo. Además, entre la primera y la segunda vuelta, el FN ganó medio millón de votos, de ahí las contundentes palabras de la aspirante a heredera paterna. Y es que, en la región por la que concurría, Marine obtuvo el 22,20% de los votos, lo que reafirma su pretensión de convertirse en candidata al Elíseo en 2012 frente a la opción de Bruno Gollnisch, quien en la región Ródano-Alpes sólo obtuvo el 14,57% de los sufragios.

Con todo y con eso, el FN sigue siendo un partido que tiene su electorado, oscilante e infiel en ocasiones, pero que le permite sobrevivir en el panorama político del vecino país. Sus tesis, en determinadas cuestiones muy alejadas de los postulados democráticos del centro-derecha, impiden posibles pactos con ese socio siempre incómodo, a riesgo de sufrir su contaminación. Sin embargo, y es lo que hoy se detecta, a algunos les produce especial regocijo que su intención de voto suba si eso perjudica al Gobierno de Sarkozy. Es como encender una vela a Dios y otra al diablo. O disponerse a jugar con fuego si, como algún avezado observador oportunamente recuerda hoy, se volviera a despertar la bestia.

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