Virolas

Cuba: muertos de conciencia

El mayor de los crímenes cometidos por Pedro Luis Boitel fue, quizá, ser poeta y radiofonista, y luchar contra todo tipo de dictaduras. Su oposición a Fulgencio Batista le llevó a tener que abandonar Cuba para exiliarse en Venezuela. Cuando los barbudos bajaron de Sierra Maestra, Boitel creyó en la revolución hasta que Fidel Castro evidenció sus maneras democráticas apartándole de la Universidad de La Habana cuando aspiraba a ser presidente de la Federación de Estudiantes. Formó entonces un movimiento para recuperar el espíritu de aquella revolución en la que un día creyó, y no se lo perdonaron. En 1961, menos de dos años después del triunfo, Boitel fue encarcelado por atentar contra la seguridad del Estado. Pasó más de una década en las mazmorras de la dictadura castrista y en 1972 se declaró en huelga de hambre. Su protesta, que con especial sentimiento siempre recordará su compañero de celda Armando Valladares, duró 53 días. Murió un día de mayo sin recibir la asistencia de un médico y lo enterraron en una tumba anónima en el cementerio habanero de Colón. A su madre, a la que no dejaron ver el cadáver, las autoridades apenas le entregaron cuatro cosas en concepto de pertenencias del preso: un bastón, unas gafas, una taza y unos zapatos.

Han pasado desde entonces 38 años. En Cuba, donde el tiempo parece detenerse, su Comandante es ya un ser octogenario y enfermo del que cada vez sabemos menos, recluido en una especie de retiro monacal esperando que le llegue el día. De eso, claro está, nos enteraremos cuando a la seguridad estatal le dé la gana. Como todo régimen autoritario que se precie, su cargo lo heredó un hermano, quien poco o nada ha movido la ficha en el tablero para que las cosas cambien a mejor.

Cuando anoche se supo que, tras 86 días en huelga de hambre, Orlando Zapata Tamayo había muerto tras permanecer 6 años preso en otro penal de la isla, se me revolvieron las tripas ante tanta miseria humana. La de cuantos han alabado, ensalzado y enaltecido aquel régimen vergonzante a lo largo de todos estos años. E incluso, la de los que aún hoy utilizan en vano la palabra dignidad para referirse a un sistema político que deja morir por inanición a un albañil, sólo por el hecho de ser estigmatizado con la expresión más contrarrevolucionaria que, en ese país, un Gobierno imaginarse pueda: la de ser un disidente.

* Testimonio de la madre de Orlando Zapata Tamayo vía Generación Y (Yoani Sánchez)

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