Virolas

‘Chuck’ Tatum en Puerto Príncipe

El día en el que el último equipo de televisión abandone Puerto Príncipe, los haitianos quedarán sumidos en el más triste de los olvidos por parte del resto del mundo. Tiempo al tiempo. Tras los temblores de hace poco más de un mes, el foco informativo se centró en este paupérrimo país centroamericano hasta el que llegaron los equilibristas del circo mediático que, con cierta asiduidad, pululan por los cinco continentes al acecho de por dónde se encuentre la carnaza. Pero nadie se ocupará, a buen seguro y pasada la vorágine, del post-terremoto, es decir, del seguimiento al destino que se da a la ingente ayuda hasta allí enviada, al papel que a partir de entonces desempeñarán las ONG en la zona, a las tareas de reconstrucción de un área tan devastada por el seísmo…

A lo largo de estas semanas, destacados expertos en el mundo del periodismo han criticado sin ambages la cobertura informativa dada a este tipo de acontecimientos. Con las lógicas y profesionales excepciones, claro está.

En El gran carnaval (1951), la corrosiva película salida del genio de Billy Wilder, el desaprensivo periodista Chuck Tatum –fenomenalmente interpretado por un excelso Kirk Douglas– logra encauzar informativamente a su antojo un hecho desgraciado, acaecido en un pueblo en el que desembarca, apartado de la profesión y en la más mísera de las ruinas. Tras varios meses bregando en el periódico de una localidad de Nuevo México, donde la vida transcurre sin pena ni gloria, el escasamente ético Chuck encontrará su particular mina de oro cuando un hombre quede atrapado en el interior de una explotación y él, muy conscientemente, se encargue de complicar su rescate y aplazarlo en el tiempo para sacar tajada de todo ello.

La víctima de aquel montaje se llamaba Leo Minosa, y era un hombre de origen indio al que el mal fario le llevó a estar en el peor momento en el sitio menos indicado. Y Chuck Tatum era el listo, el vivales de todo aquello y en el que Leo creía que podía confiar su suerte. Se me antoja que qué buen caldo hubiera hecho en las derruidas calles de la capital de Haití, donde el sentido cáustico de la película de Billy Wilder cobra estos días notable y pleno protagonismo.

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