Virolas

Francia, lecciones al margen

Este pasado fin de semana, uno de los responsables de opinión del prestigioso diario francés Le Monde, Jean-Baptiste de Montvalon, publicaba una muy interesante crónica reflexiva en torno a las causas que han podido provocar el desmoronamiento que, en lo que a respaldo electoral se refiere, viene sufriendo el Frente Nacional (FN) que aún lidera Jean-Marie Le Pen. Sostiene el avezado columnista, basándose en datos demoscópicos, que en cuestión de tres años, el FN ha caído del 26% al 18% en apoyo electoral. Genéricamente, Montvalon lo atribuye a que los mensajes xenófobos no han tenido el calado que se temía entre la población del vecino país y que el proceso de integración racial, con profusión de matrimonios mixtos, ha llevado al apaciguamiento que, a su vez, ha desembocado en la notable caída del FN. Eso, junto a que el actual presidente de la República, Nicolas Sarkozy, ha sabido pescar, no sin cierta habilidad, en el caladero electoral lepenista, da cuerpo a una tesis que lleva a aventurar la más que probable fagocitación parlamentaria del FN por el movimiento político que encabeza el actual inquilino del Elíseo.

El octogenario Jean-Marie Le Pen es un corredor de fondo de la política francesa. En su máximo hito en la vida pública, ocurrido en 2002, llegó a medirse en segunda vuelta de unas presidenciales al candidato del centro-derecha, Jacques Chirac, desbancando para ello al aspirante socialista, Lionel Jospin. Aquella circunstancia hizo que se encendieran todas las alarmas entre los demócratas franceses, a uno y otro lado del tablero, para salir en apoyo del ex alcalde de París. Nadie se hubiera imaginado que, por un arrebato de la ciudadanía, quedándose en casa y no acudiendo a las urnas, o por un voto de castigo antisistema, Le Pen hubiera salido victorioso. De haber sido así, la Francia ejemplar de la libertad, igualdad y fraternidad, se hubiera sentido humillada como casi nunca antes. Chirac ganó entonces por goleada (más del 80% de los votos). Y el sistema, como se suele decir, salvó los muebles. De ello se obtuvo una lección: que nunca se debe despreciar al rival, por muy estrambótico que pueda resultarnos su ideario.

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