Virolas

Los colores ‘borgianos’

En 1980, Bernard Pivot, alma máter del celebérrimo Apostrophes de la televisión francesa, realizó una deliciosa entrevista en París a Jorge Luis Borges en la que ambos hablaron de múltiple temario.

Cuando Pivot se interesó por la ceguera que el escritor heredó de su padre, éste le explicó detalladamente que era “ciego como lector desde 1955; después de todo, se volvió un crepúsculo. No hubo ningún momento patético. Poco a poco las cosas se alejaron de mí. En el presente no hay más que vagas formas. Es más, ni siquiera sé si esas formas son azulosas o grises o verdosas. Hay dos colores que perdí: el rojo y el negro; veo el rojo y el negro como marrón”. Cuando Pivot ahondó en los paralelismos paterno-filiales a costa de la ceguera, Borges calificó esa intención de simetría mágica: la de “un padre que quiso ser escritor y que se volvió poco a poco ciego, y que tuvo un hijo, usted, que ha sido escritor y que también se ha quedado ciego”, le exponía el crítico literario.

Más adelante, Borges reconocía que renegaba de los libros escritos en su juventud, no tanto por las ideas en ellos expresadas sino por la forma utilizada. Octogenario ya, exclamaba que algo habría aprendido en todo este tiempo.

Otro celebrado episodio borgiano tiene que ver con las bibliotecas de su vida. La primera de la que tiene constancia es la paterna, en la que se inició en la lectura, si bien sería en la biblioteca municipal, de la que fue funcionario durante 20 años por la nada despreciable cifra para la época de 250 pesos al mes, donde Borges leyó todo cuanto pudo. Y, sobre todo, la obra de Claudel y de León Bloy. Más tarde dirigiría la Biblioteca Nacional.

Contaba Borges que Séneca solía burlarse de un contemporáneo que tenía una biblioteca compuesta por un centenar de libros. Y el sabio romano lo hacía arguyendo que nadie tiene tiempo para leerse cien libros. Por eso colegía el argentino que si él se hubiera leído los volúmenes que atesoraba en su casa, sería un erudito y no un ignorante como presumía.

El escritor exceptuaba dos casos a la hora de valorar la realidad del momento: los placeres físicos y el dolor físico. “¿Y en otros?”, preguntaba el entrevistador. Un imprevisible Borges responde: “Sí, cuando uno siente el sabor del agua, es un placer físico también y quizá moral”.

La charla es densa. Ya casi al final, cuando Pivot le sugiere que el corazón es una metáfora, Borges repone que el alma también. Y añade: “Creo que toda mi obra es autobiográfica. Conté mi vida disfrazándola, tratando de crear mitos”.

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