Virolas

Náufragos sentimentales

Hay quien se empeña en reafirmar el aserto de que nada es para siempre. Tampoco en el amor; o en cierto amor; o en determinado amor. Jane Austen, maestra de la ironía victoriana, vaticinó que la felicidad en el matrimonio dependía enteramente de la suerte. Al ritmo que va la vida, con el tiempo sólo perdurará en el espacio el amor que se profesen dos seres separados por la muerte: esto es, el de la viuda al difunto y viceversa.

Cuando saltó a la opinión publicada que Tim Robbins y Susan Sarandon lo dejaban tras 23 años, la noticia nos evocó a nuestros Imanol Arias y Pastora Vega, a los que también se les rompió el amor tras un cuarto de siglo de convivencia.

La publicidad de mi niñez usaba como lema aquello del hoy te quiero más que ayer, pero menos que mañana. A lo que se vé, la cosa hoy va por términos inversos.

Le leí una vez a Ortega y Gasset que el amor era un eterno insatisfecho. Y acaso sea eso. Que ya no sabemos ni lo que queremos. Las parejas se rompen cada vez con más fragilidad y los añicos del cristal de bohemia, en el que se fundieron un día, astillan cuanto a su alcance abarcan. No es cuestión de pecar de pacato. Como alguien advirtió también, el mejor fuego no es el que se enciende rápidamente.

Artífice de la nouvelle vague, Françoise Sagan resumió con abrumadora simpleza que la capacidad de reírnos juntos era el amor. Y quizá sea eso. Tan simple y tan complejo. Tan sólo eso y nada más que eso.

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