Virolas

Lo que nosotros digamos que son

Acabo de leer en un artículo de fondo de un diario unas palabras de un jefe de la cadena de televisión norteamericana Fox, según el cual “las noticias serán lo que nosotros (los editores)  digamos que son”. Y ya estamos en ello, todo sea dicho. Sin ir más lejos, circula por la Red un vídeo-denuncia que pretende poner en duda la agresión a Silvio Berlusconi del otro día en Milán. Se especula con que si la cámara que lo filmaba se gira en el momento en el que se le lanza el objeto contundente y que si primero el agredido no tiene sangre en el rostro y luego, cuando sale del coche oficial, sí que la tiene. Resultará ahora que todo ha sido un ardid de Il Cavaliere para recuperar su denostada imagen pública.

Otro tanto ha ocurrido recientemente con otra supuesta agresión, oficiada ésta en un establecimiento público madrileño a altas horas de la madrugada, y cuyo destinatario fue un periodista. Nadie vio nada y, consiguientemente, nadie sabía nada. Lo evidente es que el colega tuvo que ingresar en un hospital donde, quiero imaginar, a nadie admiten por un simple acto caritativo si no existe una causa médica que lo justifique.

Cuando acontecen episodios como estos, uno no tiene más remedio que acordarse de lo que aseveraba un paisano mío al que sus experiencias con la Justicia habían resultado nefastas. Una de ellas sucedió mientras regentaba un bar al que se llegó un día otro de mis conocidos quien, al parecer, lo agredió desde el otro lado de la barra. El supuesto agresor se buscó un recurrente letrado que, en el posterior juicio, argumentó los hechos a su estricta conveniencia. “Mire usted, señor juez. No fue que mi cliente agrediera al otro señor, no. Es que mi cliente apoyó su codo en la barra del bar y fue el camarero el que metió la cabeza en su puño, golpeándose de forma accidental”, detalló tan ingenioso abogado como si de un lince de la jurisprudencia prestidigitadora se tratara. Consecuencia de ello es que el del bar perdió el juicio y nunca más volvió a confiar en tribunal alguno. Aquel letrado, sin duda, siguió la máxima que ahora nos expone el gerifalte de la Fox de Florida: las cosas serán como yo quiera que sean. Y así pretenden algunos que sea de por vida.

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