Virolas

España en Euskadi

Una vez sentenció el célebre pensador vasco Miguel de Unamuno que hay gentes tan llenas de sentido común, que no les queda el más pequeño rincón para el sentido propio. En efecto, evidenciaría un síntoma de normalidad democrática que la Selección española de fútbol jugara un partido en un campo del País Vasco, cosa que no hace desde 1967. También que la Vuelta Ciclista volviera a rodar por las carreteras de Euskadi, una circunstancia que no se da desde 1979. Desde siempre, fútbol y ciclismo han sido deportes íntimamente ligados al pueblo vasco. Grandes futbolistas y enormes ciclistas han salido de sus pueblos y ciudades para encandilar a los aficionados adeptos en ambas disciplinas.

Es verdad que resulta injusto que los amantes del balompié en esa parte del país se vean privados de ver en vivo a la Selección campeona de Europa en sus estadios. Ocurre en las tres provincias vascongadas donde el componente terrorista (con ciertas complacencias de determinados sectores nacionalistas) ha impedido que esto suceda a lo largo de las últimas décadas. Lo que pensarán los abertzales, aquellos que no quieren ver a España ni en pintura, es que si un día jugara el combinado español en San Mamés o en Anoeta, sería para ellos muy doloroso llegar a pitarle (o simplemente a no animar desde la indiferencia) a un equipo en el que se alinearan deportistas de elite nacidos en Álava, Vizcaya o Guipúzcoa, como de hecho viene ocurriendo asiduamente.

Esos mismos deportistas, conocedores de lo que implica verse reflejados en el concierto internacional a través de un Campeonato Europeo, y ya no digamos de un Mundial, saben que ser llamados a una convocatoria de la Selección es el escaparate ideal. Pocos, por no decir ninguno, ha rehusado vestir la elástica nacional y formar parte de una escuadra que, antes de cada partido, ha de escuchar con atención y respeto el himno de la nación a la que representa. Visto lo ocurrido en la última final de la Copa del Rey, disputada entre el Barça y el Athletic y celebrada en Valencia, no habría que recurrir a adivino alguno para imaginarse la escena en Bilbao o San Sebastián cuando por los altavoces comenzaran a sonar los compases de la Marcha Real.

De modo que, partiendo de que sería higiénicamente útil que la Selección jugase en Euskadi, no podemos obviar los inconvenientes que ello conllevaría, tanto dentro como fuera del propio campo. Es probable que los primeros que sintieran esa incomodidad fueran los propios jugadores. No es plato de gusto saltar al que supuestamente es tu terreno, pues juegas como local, y que la hinchada te reciba como si estuvieras a 15.000 kilómetros de tu tierra. Bueno, perdón, rectifico: quizá en Argentina, como ya se demostró en el Mundial del 78, encontraríamos muchísimos más incondicionales de La Roja que en cierto sector del graderío de los campos de fútbol del País Vasco. Así es que, por mucho que la Cámara de Vitoria se empeñe, a través de la fuerza matemática que da la mayoría no nacionalista en la propia aritmética parlamentaria, se me antoja difícil ver a la Selección jugando por aquellos lares. Habrá que apelar, pues, como hacía Unamuno, al sentido común y también al propio.

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