Virolas

Los del ‘otro’ paseíllo

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En los oscuros días de la Guerra Civil española, el término dar el paseo cobró tintes de tragedia. Muchos, en uno y otro bando, fueron ajusticiados en aquel entonces por la ira y la sinrazón que arrojó el odio. Ocurrió en los albores del conflicto con José Calvo Sotelo y volvería a ocurrir después con Federico García Lorca, en las primeras semanas de contienda. Como alguien tituló una vez, todos fuimos culpables.

Transcurrido el tiempo, se ha acuñado otra expresión algo menos tremendista aunque de enorme impacto social: la de dar el paseíllo. La connotación taurina ha de quedar al margen, pues de lo que hablamos no es tanto del arte de Cuchares como de la doctrina que se imparte a los pies de una estatua femenina con los ojos vendados.

Camino de la italianización, España es un país sumido en la corrupción política. Eso, al menos, daba a entender el elenco de portadas de algunos diarios en este pasado fin de semana. Hay quien dice que los males empezaron cuando a cada ayuntamiento de esta piel de toro, (de los más grandes a los más ínfimos) se le adjudicó la potestad sobre cuestiones urbanísticas. Y de esos polvos, se intuye, vinieron estos lodos.

El poder, corrompe, dijo alguien una vez. Y desgasta más al que no lo tiene, añadió un taimado político democristiano. Ver de un tiempo a esta parte ejecutar el paseíllo a gentes que, apenas horas antes, gozaban de las bondades del buen vivir para dar con sus huesos en un infecto calabozo, se nos antoja plato de mal gusto para cualquiera. Las formas, las formas, que no hay que perderlas nunca.

En Cataluña se han extrañado estos días al ver a dos ex responsables gubernamentales acudir a la Audiencia Nacional esposados y con sus pertenencias en humildes bolsas de basura. Y hasta los jueces de allí han pedido cierta cordura. Por aquí, por estos lares, llevamos ya un tiempo viendo practicar la técnica del paseíllo con unos cuantos. Y al igual que entran, salen del trullo. La Justicia investiga lo que hicieron y, además, hasta es posible que al final alguno salga limpio de polvo y paja. Pero ahí quedará, para los anales, el día en el que su mujer, sus hijos y sus vecinos, lo vieron en un telediario bajar de un furgón policial rumbo a un juzgado o a un calabozo. Ello, a pesar de que hayamos leído a Marguerite Duras al escribir aquello de que cuando se tiene cierta moral de combate, de poder, hace falta muy poco para dejarse llevar, para pasar a la embriaguez y al exceso. Y qué verdad encierran las palabras de aquella mujer de letras.

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