Virolas

La eterna alegría del pueblo

Cuando el fútbol era tan sólo cosa de hombres, como aquel eslogan del brandy Soberano, el firmamento balompédico daba seres como Manuel Francisco Dos Santos. Pocos jugadores en la historia han sido tan queridos por la afición como lo fue Garrincha, apodo que le aplicaron a semejanza de cierto pájaro, tan feo como veloz, que sobrevuela la selva del Mato Grosso.

Nadie hubiera dado un chavo porque aquel chico con una pierna más larga que la otra, con los pies hacia adentro y con una seria desviación en su columna vertebral, se convirtiera, junto con O Rey Pelé, en uno de los estandartes del Brasil que ganó, consecutivamente, los mundiales de Suecia (1958) y Chile (1962).

A Garrincha lo denominaron también la eterna alegría del pueblo. Y es que los pueblos, cuando pasan calamidades, han de agarrarse a sus ídolos, a sus símbolos, y también a los sueños que algunos creyeron inalcanzables. El Brasil de mediados del siglo pasado era un ejemplo y la Argentina actual, regida por los Kirchner, otro.

De Garrincha me he acordado cuando hoy he visto a otro ídolo de barro, Diego Armando Maradona, festejar la clasificación in extremis de la selección albiceleste para disputar el Mundial de Sudáfrica en 2010. Tras noquear a Uruguay en Montevideo, con un gol postrero de Bollati a los 84 minutos, el Pibe la emprendió a mamporros contra los que osaron criticarle: “Que la chupen, ahora. Que la sigan chupando”, dijo a la prensa tras abrazarse con euforia inusitada a Bilardo en la cancha.

Pocos ejemplos hay más elocuentes que el de Maradona para discernir entre los que es tocar el cielo y, luego, descender a los infiernos. Él lo ha hecho, no una, sino varias veces. Ha sido lo más y también lo menos. Dios y diablo, todo en un abrir y cerrar de ojos.

Cuando murió Garrincha, su ataúd fue velado en el impresionante Maracaná. Al fin y al cabo, se había muerto quien pasó por ser el mejor extremo derecho de la historia. Aquel genio del Botafogo se marchó pobre y abandonado, mas no mucho más trastornado de lo que hoy está quien cree tocar el cielo para, quién sabe si mañana, darse de bruces otra vez con las calderas de Pedro Botero.

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