Diario

Diario de un prodigio (LXIII)

IES Alfonso X El Sabio de Murcia

Casi 30 años después de abandonar esas aulas, hoy he vuelto al que fuera mi instituto. Hace unas semanas, el actual director del centro, por mediación de la secretaria (que es buena amiga y compañera del oficio), me invitó a pronunciar la lección inaugural del curso 2009-10. Acepté encantado.

Confieso que esta mañana, cuando me disponía a entrar en el recinto del IES Alfonso X El Sabio en el que pasé cuatro años de mi adolescencia y juventud, estaba nervioso. Lo confieso porque no había vuelto a él a pesar de que dista de mi trabajo apenas 150 metros. Cierto es que muchas noches atrás he soñado con que volvía a ese instituto, pero como alumno. Tampoco diré que esos sueños derivasen en pesadillas, puesto que mal, del todo mal, no lo pasé.

Una vez dentro, he comprobado que algunas cosas han cambiado (cosa normal, en tres décadas transcurridas), si bien otras siguen casi igual. Es el caso del salón de actos donde se ha celebrado la ceremonia de apertura de curso.

A los asistentes les he hablado de La educación y los medios de comunicación. Antes, el director ha tenido palabras de cariño y reconocimiento hacia mi persona, recordando que cuando me llamó por teléfono le dije que “la poca Física y Química que sé me la enseño él”.

Cuando me levanté para desde el atril iniciar mi charla, observé en la primera fila a otro antiguo profesor. Por eso, por guardar un recuerdo grato de sus clases, lo he significado públicamente y he dicho que la Geografía e Historia que yo haya podido aprender en mi vida, me la explicó él. Al acabar el acto, él se ha dirigido a mí, me ha felicitado y me ha dicho que con cosas como las de hoy uno se siente orgulloso de los alumnos a los que impartió enseñanzas. Se le notaba gratificado emocionalmente, de lo cual me alegro.

Es por lo que yo no sé, a estas alturas, si de haber hablado más con ese hombre, yo le hubiese llamado de usted –como hacía en mi Bachillerato– o si le hubiera tuteado. Lo que puedo asegurar es que entonces, en los no fáciles años de la Transición, nadie se cuestionó que los profesores tuvieran que gozar de estatus de autoridad pública. Lo suyo era de cajón y nosotros, los alumnos, teníamos a algunos incluso como modelos a imitar.

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