Virolas

Emulando a Leni Riefenstahl

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Oliver Stone es un cineasta que atesora en sus vitrinas cuatro Oscar y tres Globos de Oro. Poco que oponer a semejante bagaje. Es incuestionable. De su probado talento han salido magníficas películas. Es el caso de Wall Street, Nacido el 4 de julio, Platoon, Asesinos natos, Un domingo cualquiera… En algunas de ellas es imposible obviar su paso como soldado por la cruenta Guerra de Vietnam.

En la década de los noventa, Stone incursionó en los entresijos de dos personajes de la política norteamericana que acapararon la atención mundial desde concepciones, en ocasiones, antagónicas: John Fitzgerald Kennedy y Richard Nixon. JFK: caso abierto y Nixon son dos trabajos memorables.

Entrado el siglo XXI, el cineasta neoyorquino nos ofreció su particular visión de la tragedia del 11-S a través de World Trade Center. Pero son dos de sus trabajos llevados a cabo en la primera década del nuevo siglo los que más polémica han generado últimamente. Se trata de sendos testimonios que, cinematográficamente, Oliver Stone ha rodado en Latinoamérica sobre dos controvertidos líderes de ese continente: el cubano Fidel Castro y el venezolano Hugo Chávez. Antes ya había hecho lo propio con el palestino Yasser Arafat, en Persona non grata. En Comandante, Stone nos acercó al otro Fidel, en una imagen alejada del férreo dictador comunista que se nos ha querido presentar desde determinada esfera mediática. Eso, al menos, es de lo que trató de convencer en una primera entrega el director del vasto documental. Luego, tras varios fusilamientos en la isla, produjo una segunda parte un tanto más crítica al respecto.

Ahora, Stone ha pretendido hacer lo mismo con Hugo Chávez. Estos días se paseaba de su brazo por la alfombra roja del festival de cine de Venecia, emulando a las estrellas del celuloide, fotografiándose y firmando autógrafos como hacen ellas. Al sur de la frontera, resultado de horas y horas de metraje junto al caudillo bolivariano, no se limita a enumerar sus hazañas, sino también las de los mandatarios del eje que Chávez comanda en ese continente: Argentina, Bolivia, Brasil, Paraguay, Ecuador y Cuba.

Sorprende la atracción que el cineasta siente por todo esto. Máxime cuando medios de comunicación nada sospechosos acaban de alertar sobre los riesgos que, en buena parte de esos países, corre la libertad, sin más aditamentos. Oliver Stone, en su camino por descubrir al mundo las bondades de determinados jerarcas, ya tiene un reto inmediato con el que descifrarnos sus claves: el furibundo presidente iraní Mahmud Ahmadineyad. Permaneceremos atentos a la pantalla para comprobar si asistiremos al alumbramiento del digno sucesor de Leni Riefenstahl, aquella genuina cineasta que en la Alemania nazi catapultó la imagen de Hitler por los cinco continentes a través de sus impresionantes documentales hagiográficos.

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