Virolas

Contador, ‘le castillan du Pinto’

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Después de Federico Martín Bahamontes, aquel águila de Toledo de los años 50, vino Luis Ocaña, mi ciclista de siempre, en los 60 y 70. Luego, ya en los 80, el multimedia Perico Delgado. Los tres ganaron uno cada uno, si bien al último le birló otro un inconcebible despiste en una crono. Así, hasta llegar al mejor de todos los tiempos: Miguel Indurain. Ganó cinco seguidos y cuando las fuerzas comenzaron a flaquearle, se marchó con la misma sencillez con la que había irrumpido en esa dura disciplina. Después, entrada la década de los 90, llegarían los Óscar Pereiro, Alberto Contador y Carlos Sastre. El primero, ganó merced a una justa descalificación de quien ocupó lo más alto del podio en los Campos Elíseos. Este domingo, Contador, un chico del pueblo madrileño de Pinto con cara de no haber roto un plato, ha vuelto a ganar la ronda francesa, la carrera ciclista por antonomasia, la más importante del mundo. Lo ha hecho, dos años después de su anterior triunfo en París. Y ello a pesar de ser un extraño en su propio equipo –al que ya ha dicho muy a la francesa à tout á l’heure– visto lo mucho que le han ayudado para ganar y luego conservar el maillot amarillo. Está claro que en el Astana ya tenían su candidato al Tour 2009 y ese no era, precisamente, el español.

El colmo de los colmos fue lo que pasó ayer a la hora de emitir por megafonía, en la ceremonia final del Tour de France, el himno nacional del ciclista ganador. En el país del chauvinismo, una organización a la que no le bastaba con que durante las cuatro últimas ediciones la prueba la haya ganado un español (¿cuánto hace que no la gana un francés?), colocó por los altavoces el himno de Dinamarca, ante la cara de póker del bueno de Contador, a quien la televisión enfocaba en un inenarrable primer plano. Es vergonzoso que se produzcan esas cosas a estas alturas de viaje. Si Alberto Contador se ganó en las carreteras galas su podio, doblegando al favorito Lance Armstrong en toda ley, el campeón se merecía un poco más de respeto por parte de quienes, ya sabemos, no suelen encajar muy bien eso de organizar la gran carrera de todas las carreras en bicicleta para que luego, como le llaman en el prestigioso L’Equipe, llegue un cualquiera y se la lleve: le castillan du Pinto, que con cierto desdén geográfico escriben los gabachos. Et maintenant, que rumien su derrota y que les aproveche hasta el año que viene.

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