Virolas

John-John, diez años ya

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Aquel niño rico vino al mundo sólo tres semanas después de que su padre fuese coronado como emperador de la primera potencia mundial. Su madre quiso que creciera en aquella imponente mansión del 1600 de Pennsylvania Avenue y por ello la acondicionó al efecto. Era normal ver al crío jugar y corretear por los pasillos mientras los miembros del servicio secreto o los marines hacían su trabajo.

Durante sus primeros 34 meses de vida, aquel niño feliz vivió en un reino de Camelot con los suyos y sólo la tragedia humana le arrebató el sueño. En noviembre de 1963 asistió al funeral de su padre pertrechado con un abrigo que le protegiera de las inclemencias meteorológicas, si bien no sería esa prenda la que se instalase en las retinas del mundo para la posteridad sino el saludo militar con el que le despidió, imitando lo que tantas veces había visto hacer a otros frente a su progenitor. Tuvo luego una adolescencia difícil, algunos lo llegarían a calificar de crápula, y no aceptaría de buen grado al nuevo compañero que su madre eligió para compartir su vida. Ni siquiera aunque éste fuese archimillonario.

Fue a la Universidad y estudió Historia y Derecho. Lo primero le sirvió de poco, y lo segundo lo ejerció durante un tiempo integrado en la Fiscalía de Manhattan. Tuvo tentaciones para entrar en política –la auténtica pasión familiar– que finalmente no cuajaron. Dejó la fiscalía de distrito para fundar una revista que tuvo la efusividad de la espuma. Cuando los focos se apagaban y éstos no se dirigían al rostro del supuesto triunfador, dedicaba horas a tareas sociales con los más necesitados. Tuvo flirteos con actrices y cantantes hasta que un día conoció a alguien mientras corría por Central Park. Cuentan que aquel fue un flechazo del que jamás se recuperó, aun a pesar de los altibajos en una relación certificada incluso en matrimonio.

En tal fecha como la de mañana, el 16 de julio de 1999, la bruma y la mala visibilidad llevaron a una avioneta a estrellarse cerca de la isla de Martha’s Vineyard. Ahí acabó su historia, la de su mujer y la de su cuñada. Hasta allí llegó la leyenda de John-John Kennedy, el niño del abrigo.

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