Virolas

Las amistades de Zelaya

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Acudir con nocturnidad y alevosía a la residencia de un presidente constitucional, arrestarlo y llevárselo en pijama, meterlo en un avión y deportarlo a otro país, es un acto execrable. Lo digo para sentar las bases de lo que expondré a continuación sobre la situación que, en los últimos días, se vive en la República de Honduras.

Manuel Zelaya es el presidente de ese país desde que fuera elegido democráticamente en las elecciones celebradas en 2005. Su mandato es por un lustro. Sin embargo, Zelaya quería ampliar el mismo, aun teniendo en contra al Tribunal Supremo Electoral, a la Fiscalía General, a la Corte Suprema de Justicia y al Congreso de esa República. Y lo que es más grave: a su propio partido, el Liberal, por el que fue elegido en su día.

Tras decidir convocar un plebiscito para, a la manera de otros dirigentes de la zona, prolongar dicho mandato, los mandos del Ejército le plantaron cara. Es por ello por lo que optó por cesar al general Romeo Vásquez quien, por lo que se ve, se la juró ya entonces y máxime cuando la Corte Suprema le reafirmó en el cargo de Jefe del Estado Mayor.

Tras ser detenido y trasladado a Costa Rica (y luego a Nicaragua), el presidente del Congreso, Roberto Micheletti, fue proclamado nuevo presidente en sustitución del depuesto Zelaya.

Tanto la Asamblea General de Naciones Unidas (ONU) como el Consejo Permanente de la Organización de los Estados Americanos (OEA) han aprobado sendas resoluciones por las que condenan el golpe militar que se produjo el domingo en Honduras. Tras ello, desde la sede de la ONU, Zelaya anunciaba su regreso al país. Éste es, sucintamente, el relato de los hechos.

Las democracias de verdad, encabezadas por el presiente de EE UU, Barack Obama, no han dudado en respaldar al derrocado dirigente hondureño, un hombre herido en lo más hondo por los que creía sus leales. Sin embargo, a la hora de pedir respaldos, o más bien de recibirlos, Manuel Zelaya me da el pálpito de que no anda muy fino. Que te den su apoyo países como los mencionados EE UU, los europeos y algunos del continente centro y suramericano, está bien. Lo que ya me deja perplejo es verle reivindicar postulados democráticos mientras abraza al cubano Raúl Castro o al venezolano Hugo Chávez, dos compañeros de viaje poco aconsejables. En cualquier caso, él sabrá a quien se arrima. Con esa efusividad no hace más que otorgar argumentos a los que, desde el interior de su país, sostienen que su pretensión plebiscitaria pasaba por perpetuarse en el poder, como buscaba con afán mesiánico el máximo líder bolivariano de la zona, cargado como está de petróleo y de prepotencia caudillista.

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