Virolas

El rey del Demerol

Michael Jackson

Con la progresión que llevaba su vida, lo insólito hubiera sido que Michael Jackson hubiera muerto octogenario, en una residencia privada, mientras escuchaba una y mil veces sus sonados éxitos en un artilugio de vanguardia de la época. Lo digo por aquello del refrán de que quien mal anda, mal acaba.

Los escarceos musicales del pequeño Michael derivaron en una borrachera de la que sólo este tránsito final pudiera despertarle. Desde los míticos Jackson Five, que en dibujos animados ya veía en mi niñez y en blanco y negro, hasta el esperpéntico personaje en que se convirtió posteriormente, media más que un abismo. Si es verdad que al pequeño Jackson le hurtaron su niñez y que de ese déficit surgía su permanente espíritu peterpanesco, no lo es menos que la supuesta candidez de esa actitud ante la vida chocó frontalmente con episodios de más que dudosa catadura y que sólo el dinero y los abogados tratantes supieron ocultar.

Michael Jackson fue un gran artista, eso nadie lo cuestiona. Pero como persona, dejó bastante que desear, aparte sus dotes filantrópicas y solidarias. Un negro que quiso ser blanco, viviendo en Neverland el cuento de las mil y una noches, con aderezadas dosis hipocondríacas y un médico siempre a su lado que de bastante poco le sirvió cuando la parca, casi por sorpresa y como siempre sin previo aviso, vino a llamar al pomo de su muy lustrosa puerta.

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