Virolas

El derecho de las viudas

Viuda e hijos inspector

Las viudas no deberían hablar tras el asesinato de sus maridos. Lo dice en un diario un anónimo alto cargo del PNV. Será verdad. Las viudas no deberían hablar, ni en ese caso ni en ninguno. Lo que deberían hacer es lo que hicieron durante tantos años, cuando ellos regían los destinos del País Vasco: rumiar para sí su dolor, en sus casas, y no exteriorizarlo demasiado para no herir ciertas sensibilidades. Así, a ellos les iba mejor. Y quizá, por eso, resultaban tan sibilinos sus discursos tras los atentados. No como el actual lehendakari, quien habló tan alto y claro como pudo el pasado sábado, desde las escalinatas del ayuntamiento de Bilbao.

Las palabras de la viuda de Eduardo Puelles significaron ese día un revulsivo, con amplias dosis de dignidad, de las víctimas frente a sus verdugos. Suscribo de principio a fin las mismas y, sobre todo, lo que dijo de los presos que el mundo abertzale tilda de políticos. No, no son eso. Un preso político es lo que hoy, todavía, podemos encontrar en China, en Cuba o en Irán. Pero, ¿en la España actual presos políticos? Pidió que no se subvencione a los familiares de esos reclusos, como no se hace con los de los demás presos que cumplen condena por atentar contra la sociedad. Muchos, con menos motivaciones de lo que lo hacen los etarras.

Otra perla cultivada del nacionalismo desalojado de Ajuria Enea es la de la calificación. El discurso del sábado de Patxi López les pareció “demasiado épico”, obviando la tibieza con la que algún preboste peneuvista se refería no hace mucho, y no sin cierta condescendencia, a estos chicos.

Paqui Hernández, la viuda del inspector asesinado, sobre la que un dirigente del PNV dice en el periódico que no debió hablar porque “estaría sedada a tope”, manifestó, en un acto de rebeldía, que no le daría a los asesinos el placer ni el gusto de verla llorar en público. Ni ella ni sus hijos. Creo que lo ha conseguido. Lo que ya sería el colmo es que algunos la privaran de expresarse públicamente. Los mismos que defienden con ahínco que otros sí lo hagan. Aunque esos otros, a quienes ocasionalmente brindan sus tribunas, sean los que colocan (de forma directa o indirecta) las bombas-lapa para que un coche salte en pedazos y acabar así con la vida de una persona inocente.

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