Virolas

De aquellos boleros

Una noche, a la luna de agosto de hace ya un cuarto de siglo, le pregunté al gran Chucho Navarro cuál era el secreto para escribir e interpretar canciones tal y como ellos lo hacían. El entonces superviviente del mítico trío Los Panchos me miró a los ojos y me contestó: Querer.

El concierto de aquel verano quedó grabado casi a fuego en mi interior pues sucedió en un tiempo en el que yo andaba descubriendo muchas cosas. Cuando me planté ante el fundador del grupo que provocaba aquella cascada de emociones entre los que le escuchaban, supe que lo hacía ante una auténtica figura.

Los Panchos nacieron en la radio de Nueva York en 1944 y los inventaron dos mexicanos y un puertorriqueño. Alfredo Gil y Hernando Avilés fueron compadres de Navarro a la hora del feliz alumbramiento. Los tres cantaban e interpretaban a la guitarra y al requinto. Luego vinieron otros a sustituirlos. Buenos, sin duda, algunos de ellos. De su cosecha salieron canciones melodiosas con las que media Humanidad se ha enamorado. Y bailado. Recuerdo esto porque acabo de oír un bolero en la radio. Y por eso que me acabo de retrotraer a la noche en que conocí a Chucho Navarro. Vaya tipo. Alguien así sólo podía morirse en un día tan señalado como lo hizo: un 24 de diciembre, en Nochebuena, cuando todos hacemos propósito de enmienda y queremos ser tan buenos como él lo fue.

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