Virolas

A pan, dátiles y agua

San Onofre de Ribera

Colgaban en el Hermitage, en San Petersburgo, este San Onofre que en 1637 pintara José de Ribera, El Españoleto, tan preclaro exponente de la escuela tenebrista del barroco como sempiterno habitante del Nápoles del XVII.

Ni los más bucólicos y naturalistas podrían soportar a base del pan, aun de procedencia angelical, y de los dátiles y el agua, lo que el anacoreta aguantó en su guarida. Su credo eremita lo llevó a alejarse del mundanal ruido, a vestirse con harapos y a abandonarse. De su paso por el fuego salió intacto, y no es de extrañar que una columna incendiaria lo acompañara hasta su desértico retiro.

Admiraba al profeta Elías y también al Bautista, de los que había oído hablar en extenso. Y quiso ser como ellos. Moraba en Abage, en la región egipcia de Tebaida, en un monasterio junto a un centenar de congéneres a los que abandonó por la soledad de su calavera.

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