Virolas

De lino crudo tras 20 años

tiananmen

De aquel impresionante y brutal gesto de la barbarie humana, nuestra retina aún conserva aquella marcial columna de blindados y, frente a ella, la silueta de un solo hombre de camisa blanca. De la instantánea, luego premiada mundialmente, nos queda el mensaje de la inteligencia frente a la fuerza, de la democracia frente a la dictadura, de la flor perfumada frente al cañón humeante. Pero si repasamos el vídeo de lo acontecido entonces, observaremos en la secuencia que el héroe no se limitó a plantarse inmóvil ante los tanques. Les obstaculizó su avance e incluso se encaramó al primero para hablar con su conductor.

En estas fechas conmemoramos el vigésimo aniversario de los sucesos de la plaza de Tiananmen, en Pekín, cuyo saldo de víctimas pasado todo este tiempo nadie ha sabido concretar a ciencia cierta. Estudiantes y trabajadores del país del Libro Rojo, unidos frente al gobierno tiránico y corrupto del ancestral comunismo que se resiste a la retirada.

Hoy, la contraportada del diario nos trae almuerzo con Zhang Lun, quien fuera uno de los líderes de aquella revuelta de tan funesto final. Exiliado, vive en París, con una sólida carrera académica y vistiendo traje de lino crudo. Pero lo más crudo es lo que, dos décadas después, queda en su país. Allí las autoridades parece que no se han movido ni un ápice de sus postulados fundamentalistas y tan inmensa nación se mueve aún hoy a golpe de bota acharolada y de banderas rojas de las que prende la hoz y el martillo. ¿Llegará algún día la democracia a China? Ésa es la gran pregunta que, hoy por hoy, carece de respuesta, siquiera como simple elucubración.

A pocos metros de donde se venera al Conductor de la Gran Marcha, tan cadavérico como petrificado, se perpetró hace 20 años una cruel matanza de gente inocente que reivindicaba la utopía. Que la sociedad china fuera más abierta, menos controlada y, en pocas palabras, más humana. A tiro limpio se acabó con aquello, con la anuencia cómplice de quienes, tan progresistas ellos, siempre miraron hacia esas latitudes con gesto de nula displicencia e incluso con ciertas dosis de indulgencia y simpatía.

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