Diario

Diario de un prodigio (LV)

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Cuando supe de su tránsito reparé en cuánto tiempo hacía que no lo veía. Por un amigo común, supe de las desdichas de alguien a quien nunca imaginé inmerso en tales avatares de la vida. No sé si mi última conversación con él data de más de dos décadas atrás. Al menos, eso es lo que yo vagamente recordaba. Si entonces alguna pitonisa me hubiese advertido de cuál sería su descarrío, yo me habría reído a carcajadas. Aquel día, en su trabajo, me contó que cuando alcanzase la madurez buscaría una casa en el campo o en la huerta en la que pasar los días de asueto con los suyos. Me detalló que esa era su ambición en la vida, y se comparó a mi padre. A quien yo tenía enfrente, a ratos lo envidiaba secretamente. Disponía de un trabajo estable y, lo que era además consustancial, de una familia que había formado con una mujer sumamente atractiva con la que se había desposado unos años atrás.

Él y yo nos habíamos aproximado un día bajo el porche de un casa de huerta. Allí hallamos refugio en el que guarecernos de una tormenta que nos sorprendió en una marcha juvenil. Fue todo un descubrimiento, imagino que para él tanto como resultó serlo para mí. Yo no me consideraba uno de sus amigos predilectos y, sin embargo, aquel día parecieron cambiar las tornas.

Pasaron los años y amistades comunes me alertaron de que había entrado en barrena. Su vida, la misma que él me había detallado con pelos y señales que ambicionaba vivir, mirando de reojo a la casa que mi padre mantuvo y donde fuimos tan felices, se había desmoronado como si de un castillo de naipes se tratara. Se da un primer paso, luego otro y en nada te encuentras al borde del abismo.

La otra noche, ya de regreso, me alertaron de su marcha. Esa misma tarde lo habían enterrado después de una serie de años sumido en la nada. Por perder, creo que perdió hasta la identidad, hasta su propio yo, ese que a mí en alguna ocasión casi me había deslumbrado como alguien que sitúa presto la proa hacia el fin determinado. No sé a estas alturas qué le llevó a semejante desvarío. En cualquier caso, me cuentan que su fin fue tan sórdido como solitario. Quién lo hubiera dicho en semejante soñador, alguien que parecía no flotar y sí asentar firmemente los pies en el suelo, sobre el que se posaba cada día, hasta que su existir embarrancó de forma definitiva.

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