Virolas

El ‘peligro’ de Rafael Correa

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Mientras le esperaba en un salón del hotel donde le entrevisté hace año y medio, intuí que llegaría rodeado de una cohorte de fieles vasallos arribados de su Ecuador natal. Craso error el mío. Cuando Rafael Correa Delgado irrumpió en aquella estancia, sin duda su embajada la conformaban menos efectivos de los que arrastra habitualmente algún presidente de alguna comunidad autónoma española.

Leo en la web del gobierno de la República de Ecuador mientras escribo, que Correa supera el 51% de los votos, una vez escrutado el 77% de los mismos, los depositados para elegir al presidente de aquel país.

Cuando charlamos en octubre de 2007 me desveló algunas claves del futuro de su nación: me habló entonces de dignidad, de la vuelta de los inmigrantes y también de las posibles nacionalizaciones de los principales activos económicos ecuatorianos, fundamentados básicamente en el petróleo. Hoy reconoce que si los 50.000 compatriotas suyos que hay en España regresaran de golpe “no los podríamos atender”. Y es que la crisis también se ha cebado con tan esquilmada tierra. Con todo, Correa reconoce que empresas españolas como Repsol y Telefónica sí están cumplido allí, realizando inversiones que califica de sólidas.

Cuentan de él que es un ferviente católico en un país donde los pobres son legión. Y que en su despacho oficial se ubican dos retratos en lugar destacado: el del Papa Ratzinger y el de su amigo Hugo Chávez. Sobre ciertas amistades peligrosas y sobre si pone con ello una vela a Dios y otra al diablo, cuando lo relacionan con este último, salta y espeta: “¿Qué pasa? ¿Cuál es el problema? No es Zapatero amigo de Berlusconi. ¡Qué vergüenza!”.

Se atreve a aventurar que con Obama cambiarán las relaciones de los Estados Unidos con América Latina. Y alaba el liderazgo de Brasil en la zona, desde el respeto que para con los demás destila Lula da Silva.

Visto en la distancia, aquella temprana mañana de octubre, cuando lo entrevisté, Correa no me pareció un individuo peligroso al que marcar de cerca, como pudiera ser su histriónico colega venezolano, pongo por caso. Alguien, se me antoja y haciendo un juego de palabras con su primer apellido, a quien atar corto por si las moscas.

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