Virolas

Inenarrable Isbert

En sus ahora reeditadas memorias, el actor Pepe Isbert calificaba de inenarrable la emoción que sintió cuando estrechó la mano del Caudillo. El cómico utiliza ese adjetivo, y no otro, para referir el momento de su trascendental encuentro con Francisco Franco. Téngase en cuenta, además, la fecha en la que se publicó el libro, año 1967, poco tiempo después de la muerte de Isbert, si bien cuando el franquismo aún perduraba en nuestro país.

En un artículo que mi admirado Carlos Boyero publicaba el otro día en El País, lamentaba que Pepe Isbert se inclinase por ése y no por otro posicionamiento ideológico. Tras leer las memorias, que el actor tituló Mi vida artística, escribe Boyero que “se me caen varias veces de las manos, pero con doloroso esfuerzo logro llegar al final. El problema tiene que ver más con la estética que con la ideología. Isbert tiene todo su derecho a considerar como la encarnación del mal a las hordas republicanas o proclamar su infinita emoción cuando estrechó la mano de su caudillo”… “El estilo literario de estas memorias es lamentable, el contenido también. Cuenta Isbert que una vez le definieron como “un actor feliz que sabe hacernos felices”. En mi caso, lo consigue. Todo lo contrario que su visión de las personas y de las cosas”.

¿Qué se podía esperar de alguien, ferviente católico, devoto de la Virgen del Pilar, en el Madrid republicano de la Guerra Civil, a la hora de enjuiciar aquel triste episodio de nuestra historia? ¿Resultaría anómala, por tanto, su admiración por quien ganó aquella contienda fratricida? Y es que Isbert dejó dicho que “yo, personalmente, me adhiero a cualquier régimen que significa orden, trabajo y respeto a mi religión”.

Es más que probable que si otro publicara hoy unas memorias, para referirse a todo aquello, su conciencia le dictara lo que políticamente resultase más correcto. Esto es, obviar determinados calificativos y adhesiones supuestamente inquebrantables hacia el bando nacional. ¿Y cuántos que luego se llamaron demócratas (quizá, de nuevo cuño) dieron el cabezazo/taconazo de precepto en las recepciones veraniegas del Palacio de La Granja, ante el egregio personaje al que tanto admiraba el cómico madrileño? A lo mejor fue por eso por lo que Oscar Wilde nos legó que sólo publican memorias aquellas personas que ya han perdido totalmente la suya.

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