Virolas

Confidencia y dependencia

dependencia

 

Por prescripción facultativa he tenido que asistir en los últimos días a 15 sesiones de rehabilitación para curar una epicondilitis. Confieso que hasta que no me la diagnosticaron, desconocía que existiera algo así llamado. Se trata de un problema originado en un codo, que te causa evidentes molestias y cuyo origen, yo al menos, desconozco. Tras visitar a mi médico de cabecera, éste me remitió a una especialista que fue la que dispuso las mencionadas sesiones de rehabilitación. Las mismas han tenido lugar en un centro médico donde, en ese corto espacio de tiempo, he tenido ocasión de darme cuenta de cosas que, hasta ahora, para mí pasaban inadvertidas. Fundamentalmente, he percibido el cariño y el mimo con el que los y las fisioterapeutas tratan a los pacientes, fundamentalmente a los mayores y a los que padecen dolencias más agudas. He visto a uno de ellos enseñar a andar a un hombre septuagenario cogiéndolo casi en volandas. También he comprobado el afán de superación de las personas ante la adversidad y cómo se ejercitan duramente para recuperar la agilidad perdida.

En las horas de espera, también he escuchado conversaciones de quienes junto a mí se sentaban en la sala contigua. Destacaré una de ellas, la que oí el último día. Dos mujeres mayores hablaban entre sí y se preguntaban por sus vidas. Una, que rondaría los 80 años, le contaba a la otra, algo más joven, que cuidaba a su hija impedida en casa. Detallaba que ella se lo tenía que hacer todo a la hija enferma, que ésta tenía 50 años, que era muy lista y le encantaba la televisión. La otra mujer le preguntó que por qué no solicitaba ayuda por la ley de Dependencia. Ella le contestó que no lo había hecho porque tenía una pensión bastante holgada. La otra insistió. ¿Y qué pasará cuando usted falte?, le preguntó. Tengo un hijo y una nuera que son muy buenos, contestó. Quizá la ingresen en algún sitio, dijo la que preguntaba. Si la ingresan, me muero, contestó tajante la otra. Ya, pero digo cuando usted falte, aclaró la interpelante. Ah bueno, entonces, Dios dirá, concluyó.

Cuando creí que las calamidades se habían acabado, la que preguntaba le confesó a la que cuidaba a su hija enferma algo que me resultó al menos tan estremecedor. Un día su hija, que estaba casada, tenía 31 años y trabajaba, cayó enferma. No pudieron hacer nada por ella y murió meses después de algo que ella no especificó pero que yo creí imaginarme. Para que vea usted, dijo una a la otra, todos tenemos nuestra historia.

De pronto, un fisioterapeuta salió al pasillo y preguntó: ¿Quién lleva el 72? Yo, le dije poniéndome en pie. Y entré con él a recibir la última sesión, confieso que con el corazón encogido y un halo de tristeza por lo que acababa de escuchar en aquella estrecha aunque diáfana sala de espera.

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