Diario

Diario de un prodigio (LII)

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Acabo de llegar de París como sabrán aquellos que me siguen por Facebook o Twitter. He pasado allí algo más de cuatro días por lo que este blog no registra renovación alguna desde el lunes. Escribo deprisa ahora. Mis primeras impresiones son que París, aún a pesar del euro que pretendía igualarnos a todos en la UE, sigue siendo una ciudad cara. Por una cerveza nos llegaron a cobrar 6,90 euros, cenando en el restaurante del hotel. En la calle, los menús del día son de precio más elevado que en España.

La amabilidad de los franceses sigue en todo lo suyo. El pardon está a la orden del día. El bonjour o el bonsoir, también. Saben lo que les reporta el turismo y por eso lo miman tanto.

Los automovilistas suelen respetar con escrúpulo los pasos de peatones. Quizá por eso, en París, no haya tantos semáforos como en nuestras ciudades.

Las medidas de seguridad en los aeropuertos llegan a rayar lo increíble y, a veces, también lo cómico. Si llevas botas, te hacen descalzar, aunque seas mujer. Te cachean con las manos enguantadas y luego, no contentos con eso, te pasan una máquina que debe detectar, incluso, si llevas armas químicas.

En fin, son impresiones a vuela pluma o, en este caso, a vuela teclado. Voy a organizarme y a deshacer la maleta. París bien vale una misa, sí, es verdad. Pero qué cara es la que todos llaman la ciudad de la luz.

 

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