Diario

Diario de un prodigio (LI)

cola-cao

Aquellas tardes de bocadillo de Nocilla y pelota de badana las pasábamos sudando, aun a expensas de que cayera sobre nuestras cabezas el castigo merecido. La vida transcurría con la normalidad que imprime la monotonía, y la gente no se cuestionaba entonces cosas que, transcurrido el tiempo, resultarían casi trascendentales. La chiquillería era feliz asestándole puntapiés a un gastado balón, en las dimensiones ajustadas que una calle tan estrecha como rectilínea nos permitía. Era la misma calle que a todos, sin distingos de clase alguna, nos igualaba por decreto.

Las viviendas de mis amigos eran hogares que desprendían olores singulares. Es cierto que si me hubiesen tapado los ojos y transportado a cualquiera de ellas, yo las hubiera distinguido por el sentido olfativo del que siempre presumí. Había una de esas casas en las que no diría yo que no habitara la felicidad en sus moradores, pero más bien se me antojaba un cierto desdén entre sus paredes. Una vez que subí al piso superior, lo que comúnmente en otras viviendas llamaban la cámara, descubrí que no todo el mundo poseía habitaciones-dormitorio tal y como la que yo compartía con mis dos hermanos. Aquel habitáculo era una suerte de planta en la que la intimidad entre cama y cama se garantizaba mediante sábanas que colgaban de unos hilos que se enganchaban en las correspondientes alcayatas. Todo me resultó muy extraño, a la vez que sorprendente. En aquella casa, sobre todo en invierno, pasábamos tardes enteras entretenidos con los programas infantiles que veíamos en la televisión con estabilizador y en blanco y negro. Sólo en sueños nos imaginábamos que pudieran existir aparatos en color.

Una vez presencié cómo la madre de mi amigo le instaba a que merendara. Se escondía en el interior de las cuadras que aún tenían en el patio y desde allí emitía una extraña voz con la que le ordenaba que se bebiese el Colacao. A mí todo aquello me pareció kafkiano al paso de los años, si bien desconocía yo en esas fechas quién era ciertamente el autor de la Metamorfósis. Pensaba, a mi corta edad, que esas no eran maneras de convencer a alguien de algo, sobre todo cuando miraba a mi amigo y le descubría aterrorizado.

Pasó el tiempo y abandoné aquella calle y aquel barrio. Nos fuimos haciendo mayores y, consecuencia de ello, nos distanciamos. A veces paso por la puerta de la casa, que todavía perdura, donde siguen viviendo tanto mi amigo como su madre. No sé cómo les habrá ido la vida en todos estos años, aunque lo puedo intuir. Yo, que siempre sostuve que, al final, uno no es más que lo que vivió y de lo que se empapó en los trascendentales años de su remota niñez.

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