Virolas

Sobre eminentes conversos

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Aseguran las creencias que uno de los eminentes padres de la Iglesia, San Agustín, se convirtió en el siglo IV al cristianismo más ferviente desde posiciones maniqueas, una antigua religión de origen persa. Con el paso del tiempo, éste se constituiría en uno de los grandes doctores de la Iglesia occidental.

Con anterioridad, en el siglo I, Pablo de Tarso, quien luego pasaría por ser uno de los discípulos predilectos, había sufrido semejante proceso cuando, camino de Damasco, contemplara una visión trascendental.

Entrado el siglo XX, el escritor C. S. Lewis, que también se convertiría al cristianismo desde sus pretéritas posiciones ateas y a la misma edad que el santo de Hipona, explicaba que “un hombre injusto al que la vida sonríe no siente la necesidad de corregir su conducta equivocada. En cambio, el sufrimiento destroza la ilusión de que todo marcha bien”.

En 2004, Edward Norman, canciller de la Catedral de York Minster y erudito líder anglicano, anunció su sorprendente conversión al catolicismo considerándola como “un rayo de luz antes que el sol se ponga”.

Tony Blair, ex primer ministro británico, otro destacado converso a la fe católica, acaba de denunciar que el laicismo agresivo de la sociedad británica puede acabar marginando al cristianismo. Blair dice estar de acuerdo con los dirigentes de la Iglesia cuando éstos se quejan de que la religión puede acabar considerándose una excentricidad personal en lugar de una influencia importante en la sociedad.

En una entrevista concedida a una revista anglicana, el que fuera líder de los laboristas califica de ridículas las sanciones impuestas a algunas personas por expresar públicamente sus creencias, como en el caso de la suspensión de empleo y sueldo por dos meses a una enfermera británica que se ofreció a rezar por una paciente anciana.

En ese contexto, Blair aclara que durante su etapa de primer ministro trató de evitar las referencias a la religión, aunque tras dejar el cargo hubo de reconocer que lo había hecho para evitar que le considerasen un loco si hablaba en público sobre sus convicciones personales.

Habla la fe del converso, que decía aquel. En esto que se nos apareció un nuevo apóstol de la causa, alguien a quien no creíamos en esos menesteres hace tan sólo algún tiempo pero que, como muchos de los grandes estadistas que ya pasaron a la prejubilación forzosa, ahora imparte doctrina al vulgo sobre cómo ve el devenir de la Humanidad. Atrás quedaron, por ejemplo, episodios para el olvido, como aquel tan triste como trascendente acaecido en las Azores.

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