Virolas

Los indignos y el ‘frentismo’

euskadi_peinedelosvientos_2007

 

Los que ejercen la política suelen jugar alegremente a menudo, y a riesgo de chamuscarse, con la gramática y la semántica. Hay dos vocablos muy manidos en las últimas horas para definir sendas actuaciones. Miles de kilómetros separan ambos escenarios, si bien los dos tienen algo en común: la ausencia de libertad en sus calles y plazas. A saber.

En Cuba, un ausente pero aún presente Fidel Castro ha echado mano del término indignos para calificar a sus otrora delfines, Carlos Lage y Felipe Pérez Roque, ahora defenestrados de la cúpula revolucionaria. Castro no utilizó para el caso sinónimos como ruin, deshonroso, impropio, inconveniente, inadecuado, abyecto, despreciable, rastrero, vil, malo, vergonzoso, indecoroso o infame. No. A ambos los calificó de indignos, tras ser apartados de la dirección de un país que él controla desde hace más de 50 años. En el Diccionario de la RAE, el mencionado adjetivo posee dos acepciones: la primera es para el que no tiene mérito ni disposición para algo; la segunda, para lo que es inferior a la calidad y mérito de alguien o no corresponde a sus circunstancias. Convendría deducir ahora cuál de las dos se atribuyen a los caídos Lage y Pérez Roque. O si una encaja para el uno y la otra, para el otro. En fin, sospecho que eso constituirá, como casi todo allí, secreto de sumario.

Ya más cerca, y desde posiciones nacionalistas, en Euskadi se apela a otro vocablo, frentismo, para disuadir a los partidos llamados constitucionalistas a la hora de apoyar al candidato socialista como próximo lehendakari. Esta ingeniosa palabra resulta más rebuscada, en tanto no será posible hallarla en diccionario alguno. Curiosa postura la de los máximos responsables del hegemónico PNV, nunca exhibida en anteriores ocasiones para circunstancias concurrentes dentro y fuera del País Vasco. Jamás desde esa formación que lleva casi tres décadas en el gobierno vasco, se apeló al frentismo cuando se privó en diputaciones como las de Álava o Guipúzcoa a los partidos más votados de ejercerlo. Y ahí estuvieron siempre los nacionalistas. Ni en las diferentes localidades de esa comunidad autónoma donde, mediante pactos, éstos impidieron que gobernase la lista más votada. Tampoco en pasadas consultas el nacionalismo vasco fue solidario con las situaciones vividas en Galicia, Cataluña o Baleares. En estas comunidades, fueron otros partidos y no los ganadores de las elecciones autonómicas los que pactaron un ejecutivo bicolor o multicolor para evitar que ejerciera tareas gubernativas el PP, en los casos gallego y balear, o CiU en el catalán. Recuérdese que hasta cinco formaciones (una ensaladilla muy a la italiana) tuvieron que avenirse en las islas para impedir la presidencia popular.

Por eso, rechina bastante apelar ahora poco menos a que vienen los nacionales, cuando se especula, aún, con la posibilidad de desbancar al PNV de Ajuria Enea mediante un acuerdo entre el PSE-PSOE, el PP y quizá la UPyD. Un acuerdo que, a nadie escapa, será difícil, pues costará casar voluntades como las de Patxi López con las de los populares de Basagoiti y ya no digamos, caso de necesitarse, con el partido creado por la ex socialista Rosa Díez. Pero eso se verá en estos días, y será una partida a dilucidar en el tablero del juego democrático que, consulta tras consulta, da y quita a quien dicta el sabio electorado. Y sí, efectivamente, como ha dicho el que se presume será candidato a lehendakari por los socialistas, el partido de los discípulos de Sabino Arana, que hoy lidera Íñigo Urkullu, no es ni el régimen ni la religión de Euskadi. Tras 29 años en el machito, uno puede entender que cueste dolores de parto abandonar los resortes del poder, pero venir con amenazas tabernarias suena a cabreo de jugadores con un muy mal perder. Aunque a algunos les cueste creerlo, Euskadi seguirá existiendo una vez Ibarretxe y los suyos abandonen la lehendakaritza. Lo que cabe esperar también es que lo que venga traiga aires nuevos a esa tierra, fundamentalmente para que se erradique la división de una sociedad en la que unos andan por la calle con las manos en los bolsillos y otros, protegidos por escoltas.

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