Virolas

Testigos de cargo

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Desde el buque oceanográfico Hespérides se dibuja una atalaya privilegiada para comprobar el efecto inexorable del cambio climático al que estamos sometidos. El último eslabón del calentamiento global es un enorme bloque de hielo de 14.000 kilómetros cuadrados que pulula por las gélidas aguas desgajado de su matriz. Es la plataforma Wilkins. Al inicio de la década de los noventa, los expertos predijeron que la misma desaparecería en cuestión de unos 30 años. Ahora, se lamentan porque entienden que pudieron quedarse cortos.

Desde el buque de investigación español, que no hace mucho despedíamos desde el muelle de Cartagena cuando zarpaba dispuesto a acometer una nueva campaña, sus tripulantes han sido testigos privilegiados de otro acontecimiento no menos grave para la evolución medioambiental de la Humanidad: en apenas dos semanas, el retroceso por fusión de 550 kilómetros del frente de hielo en el cercano Mar de Bellinghaussen, al oeste de la península antártica.

Este próximo mes de marzo se pondrá el colofón al año polar internacional, una suerte de conmemoraciones que desde 2007 a 2009 ha vivido en primera persona un hecho incontestable: a bordo del Hespérides, a decir de Carlos Duarte, representante del Instituto Mediterráneo de Estudios Avanzados así como coordinador del Proyecto ATOS en los dos océanos polares, se ha visto lamentablemente la mayor pérdida de hielo documentada hasta el momento, tanto en el Ártico como en la Antártida, lo que corrobora que asistimos a un retroceso dramático del hielo.

Que la Tierra se calienta a un ritmo vertiginoso es algo que ya pocos dudan. Hay quien hace de esto un banderín de enganche y hay también quien lo estudia apasionadamente para indagar los motivos. No dudo de que existan oportunistas que, en éste como en otros muchos casos, se suban al carro ocasionalmente. Pero lo de la plataforma Wilkins, como prueba del irrefutable calentamiento global que nos invade, y ese monumental iceberg pululando por los mares helados, es una constatación más que preocupante. Y quién sabe si no serán los síntomas, harto elocuentes, del principio de nuestro propio fin, ocupados como estamos en otras lindezas mucho más intrascendentes.

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