Virolas

El gran carnaval

Detenidos en Sevilla

Ya estamos en las mismas otra vez. De nuevo los medios volcados con la noticia. El gran carrusel pseudo-informativo -o el gran carnaval- ya se ha puesto en marcha. Nos refrescan la memoria con escenas ya vividas en las otras desapariciones que acabaron también en tragedia y que los mass media se ocuparon de divulgar a los cuatro puntos cardinales. Otra vez una familia desgarrada por el dolor se convertirá en pasto de cámaras y micrófonos. La muerte vende, siempre fue así, y la sociedad ya no sólo precisa saber quién o quiénes mataron a la chica adolescente, sino cómo lo hicieron y de qué artes de valieron para ello. Que si la golpeó con un cenicero, que si la envolvieron en una manta, que si la silla de ruedas de la difunta madre impedida sirvió de transporte… Horroroso todo, como de puro espanto. Que cuatro chavales que apenas se abren a la vida sean capaces de perpetrar una acción propia de guión hitchcockniano es para no dar el habla, como en esos sueños de los que nos despertamos en medio del sobresalto y con la boca reseca.

Y para más morbo, esas cámaras que llevan hasta el último rincón el rostro para nada desdibujado de una niña de 14 años que dicen era la novia del presunto asesino, que ahora tiene 20. O el amigo que pegaba carteles y clamaba en las redes sociales por la búsqueda de la joven de cuyo asesinato había sido vergonzante encubridor. O las límpidas caras de los menores en televisión clamando justicia, junto a algunos de sus mayores que exigen una mayor venganza desde la enervada exaltación.

Aquel que actuó solo, y luego en compañía de otros, arrastra sobre sí la frustración de toda una generación perdida: huérfano de madre, de padre alcohólico y con antecedentes por robo desde los 16 años. Estaba claro que lo suyo era predestinación hacia el delito. Los medios no han dudado en calificarle, desde que se conoció su detención, como el novio de la chica a la que asesinó con nocturnidad, alevosía y mala sangre. Lo hacen sin reparar en que la relación entre ambos apenas duró mes y medio, y que de eso hace ya dos años. Pero, para el caso, daría igual. Lo que importa es atiborrar al espectador de morbo, para que no tenga tiempo siquiera a recapacitar sobre lo que se le ha venido encima a esta gente corriente.

Así se escribe la crónica de un drama espeluznante en la recesiva España de hoy. La misma crónica que se plasmó de aquel otro chaval sureño que un día cogió una catana y se cargó a su familia a machetazo limpio. Hoy pasea por una ciudad norteña, donde pocos lo reconocerían por su aspecto. Aquel dantesco episodio acaeció no hace más de un lustro en esta misma España de la que tanto nos ocupamos. Ah, se me olvidaba: mañana hay huelga de jueces en ese mismo país donde pasan todas estas cosas tan desesperanzadoras.

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