Virolas

De la pluma de un soñador

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Se cumplen hoy 35 años desde que saltara a la política nacional un ambicioso proyecto para la España de entonces, algo que quedaría como tantas otras cosas en agua de borrajas y que se denominó el espíritu del 12 de febrero. Respondió aquel pasaje de nuestra historia al último intento que, desde dentro del régimen franquista, pretendía buscar un cierto aperturismo, aventura ya harto complicada de por sí. Ese día de 1974, el recién nombrado presidente del Gobierno, Carlos Arias Navarro, leyó en solemne sesión celebrada en las Cortes un discurso que salió de la pluma del entonces subdirector general en la Dirección de Relaciones Institucionales, Gabriel Cisneros. Era éste un joven ambicioso al que el ministro de la Presidencia, Antonio Carro, encomendó la tarea de redactar el texto que ante la Cámara habría de pronunciar el sucesor del almirante Carrero Blanco, asesinado por ETA apenas pocos meses atrás, en diciembre de 1973. Cisneros, superviviente luego de tantas batallas, se puso a ello y se atrevió a plasmar sobre el papel algo que supuso nadie se atrevería a ejecutar a posteriori. Aquel proyecto, que el propio Franco supervisó recortando apenas un par de párrafos, abría la puerta a unas incipientes asociaciones políticas, a las que se les ponía condiciones leoninas para su adaptación al régimen.

“El estudio y redacción de un estatuto del derecho de asociación para promover la ordenada concurrencia de criterios, conforme a los principios y normas de nuestras Leyes Fundamentales… Es deseo del Gobierno que las entidades asociativas reconocidas y reguladas por aquel estatuto puedan comparecer, sin tardanza, en la vida política nacional”, leyó un desconcertante Arias Navarro ante los procuradores en Cortes, reunidos en la Carrera de San Jerónimo y con las cámaras de televisión como testigo. Entre aquellos representantes se hallaban claros exponentes de lo más esencial del Movimiento Nacional, quienes no tardarían en poner en la picota los afanes aperturistas de aquel Gobierno que se encargaría de apagar la luz, a la salida de un férreo régimen que sucedió a la Guerra Civil fratricida.

La ejecución mediante garrote vil del anarquista catalán Puig Antich así como una polémica homilía del obispo de Bilbao, monseñor Añoveros, reclamando el reconocimiento del sentir vasco y que le originó un insólito arresto domiciliario, fueron coartada para replegar velas por parte de algunos y socorrido argumento para otros, los defensores de otro espíritu, el del 18 de julio, con el que poner en evidencia que no había lugar a la contemplación ante los ataques que denunciaban que estaban recibiendo.

Y al final, como decía al principio, todo quedaría en agua de borrajas. Las expectativas de un soñador para la época como fue Gabriel Cisneros, joven político emergente que luego jugaría importantísimos papeles en los Gobiernos de UCD -fue ponente constitucional- y posteriormente con el PP, se vinieron abajo ante el inmovilismo de quienes aún manejaban los resortes del poder en aquellos arriesgados días, hace ya 35 años, que no sé si es poco o es mucho, pero que visto con la perspectiva histórica, se me antoja toda una eternidad.

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