Diario

Diario de un prodigio (XLVIII)

hospitalmmeseguer

 

Diez de la mañana. Llego al hospital donde me citaron para iniciar un proceso de rehabilitación por un problema en el codo. Poca cosa, me había dicho el especialista ambulatorio. En una zona de consultas me toman los datos y me dicen que espere en una sala aneja a que me llamen por el altavoz. Desde mi Blackberry y tras ojear el periódico que llevo conmigo, mando un texto a mi página en Twitter que ésta rebotará a Facebook: Esperando con paciencia benedictina en una consulta de rehabilitación de la Seguridad Social. Toda una premonición para lo que se me venía encima.

Media hora más tarde, me llaman por megafonía. Atravieso un pasillo y me coloco junto a otros pacientes que esperan a que los reciba la misma doctora. Pasa media hora, una hora… Les pregunto a qué hora los citaron. Una mujer me dice que a las nueve y media. Son las doce. Esa misma mujer acompaña a su madre, una señora mayor que asegura haberse levantado a las siete y media y estar todavía en ayunas. “Es que cuando va a venir al médico se pone tan nerviosa que no quiere tomar nada”, me explica la hija. Cuando debían entrar ellas, alguien muy astuto ha colado a un paciente que acababa de llegar en una ambulancia. Yo mismo había sido testigo, en el lugar en donde di mis datos, de que la mujer que acompañaba al enfermo había instado a la enfermera a que lo colase “porque ya sabes lo que pasa siempre, que nos dejan para el final”. Dicho y hecho. El que tiene padrino, lo bautizan, que dice alguien allí mismo.

Tras dos horas y media, me recibe la doctora a quien acompaña otra médico que imagino es la que está en prácticas. Me pregunta, me examina y da con el origen de mis molestias. ¡Eureka! Tras unos diez minutos, me manda quince sesiones de rehabilitación, y me advierte que ya me llamarán para decirme cuándo y dónde. Me indica que vaya a un mostrador y entregue ese papel, que ya lo cursarán. Han pasado más de dos horas y media. La última persona en esa consulta es una mujer que le dieron cita a las diez y media y que antes me había contado que salió de su casa sin prever que pasaría allí toda la mañana. “No he hecho nada para comer y encima tengo invitados”, me dice quejosa. Cuánto lo siento, debiera haberle dicho, pero no lo hice porque quizá quien le debiera, a ella como a los demás, una sonora disculpa es la mente pensante que da cita a una hora para que te atiendan dos y media después. Cosas veredes, querido Sancho. Y Dios, qué cruz.

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