Virolas

David Copperfield en Guadalajara

20120

Yo avanzaba despacio por la habitación observándolo todo. De pronto, encima de un pupitre me encontré con un cartel escrito en letra grande y que decía: «¡Cuidado con él! ¡Muerde! ».

Me encaramé inmediatamente encima del pupitre, convencido de que por lo menos había un perro debajo. Pero por más que miraba con ojos asustados en todas direcciones, no veía ni rastro. Estaba todavía así, cuando volvió míster Mell y me preguntó qué hacía allí subido.

-Dispénseme; es que estaba buscando al perro.

-¿Al perro? –dijo él- ¿A  qué perro?

-¿No es un perro?

-¿Que si no es un perro?

-Del que hay que tener cuidado porque muerde.

-No, Copperfield -me dijo gravemente-. No es un perro; es un niño. Tengo órdenes, Copperfield, de poner ese cartel en su espalda. Siento mucho tener que empezar con usted de este modo; pero no tengo otro remedio.

Me hizo bajar al suelo y me colgó el cartel (que estaba hecho a propósito para ello) en la espalda como una mochila, y desde entonces tuve el consuelo de llevarlo a todas partes conmigo.

Así relata en su novela Charles Dickens un pasaje de la llegada de David Copperfield a Salem House, la residencia a la que lo envía su padrastro para que lo reformen. “El edificio estaba rodeado de una tapia muy alta de ladrillo y tenía un aspecto muy triste”, explica el protagonista de la obra.

 

Es en estos días cuando, como consecuencia de un estudio del Defensor del Pueblo, hemos sabido que en España todavía hay lugares como el Salem House dickensiano. Uno de ellos puede ser Casa Joven, un centro que llaman de protección existente en Guadalajara. Hasta allí llegan chicos problemáticos, procedentes de familias desestructuradas o con trastornos de conducta que los padres no pueden atender. Un chico que pasó por allí detalla hoy en un diario que aquello es “un horror, el sufrimiento diario, donde quieres morirte”. Al hablar de la llamada sala de contención la califica de siniestra, sin ventana y revestida de una goma negra cuyo olor pestilente asfixia. Habla también de desnudos integrales para practicar registros a los menores, de puertas de dormitorios que no se pueden abrir desde dentro o de castigos degradantes. Añade que lo medicaron durante años sin tener diagnosticada enfermedad mental alguna.

 

No me cabe duda de que si Dickens hubiera conocido estos centros de los que ahora se ocupa en su informe el Defensor del Pueblo, a buen seguro que hubiera podido añadir más verosimilitud aún a su relato literario, ya de por sí bastante crudo. Parece que a algunos no les basta con que un niño arrastre consigo la desgracia de padecer una infancia infeliz para infligirle tamaño castigo extra. Estoy seguro que algunos de esos menores son carne de cañón, pero que se les trate por debajo, incluso, de lo que marcan los postulados de la Convención de Ginebra para prisioneros de guerra, es algo más que denigrante. Y quizá también vergonzoso y abominable en pleno siglo XXI para quienes hablan, a boca llena y a todas horas porque es lo políticamente correcto, de derechos humanos o de proteger a la infancia.

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