Virolas

De tránsitos

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Una vez volé hacia una ciudad divina con cierta celestina que a mí se me antojaba. De su mano, para que no me perdiera, llegué hasta mi destino no sin que antes, en el laberíntico metro de esa gran urbe, casi nos diesen a los dos por desaparecidos.

Vivía ella en un pequeño apartamento donde pasé aquella primera noche. Era un habitáculo como en los que yo me imaginaba que vivía cierta clase de gentes que pululaban por lo se diera en llamar bohemia. Al día siguiente me llevó al sitio convenido y allí nos despedimos.

Mi memoria no me da ya para recordar cuándo la volví a ver. Imagino que eso ocurrió alguna vez, ya lejos de aquella imponente ciudad que yo conocí apenas alcanzada mi mayoría de edad. Lo que sí recuerdo es dónde la encontré hará algo más de un lustro. Estaba postrada en un lecho en el que ha permanecido más de dos décadas, poco menos que vegetando. Nadie acertó a decirme si conocía o no a quienes hasta ella se acercaban. Era alguien transformado absolutamente desde aquella imagen que yo guardaba en mi retina: la de una mujer frágil, delgada, de pelo cano y algo pizpireta. El destino quiso castigarla de esa forma tan cruel, privándola de una merecida jubilación, rodeada de familia y amistades y con plena conciencia de todo ello.

Hace un par de días supe de su tránsito. Hoy la recuerdo aquí porque hubo muchos días en que la recordé, al pasar cerca del lugar donde moraba, e incluso ocasiones en que llegué a rezar por ella. Qué injusticia más tremenda.

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