Diario

Diario de un prodigio (XLVI)

floridablanca1

 

I need you / America

 

Conviene, para revitalizar nuestra distante memoria, darse de vez en cuando un paseo por aquellas zonas de la ciudad que tanto quisimos y en las que tantas cosas vivimos. Lo acabo de hacer y aseguro que practicarlo resulta un ejercicio de sana nostalgia. De camino hacia el médico, di un rodeo. Y me planté en aquel barrio de mis años juveniles, observando aquellos cines, hoy cerrados o transformados en salas de pingüe negocio. Fue en uno de ellos donde conocí al hoy exitoso y abnegado padre del Cuéntame, cuando éramos tan jóvenes y él un incipiente actor que se abría paso con trabajos como el de La muerte de Mikel, película que vino a estrenar.

Fue en otra de mis paradas donde recordé el día en que mi padre me llevó hasta las inmediaciones de la casa de un amigo mío de nombre bíblico, cuando yo apenas iniciaba mi bachillerato e ir solo a la capital era poco menos que todavía una azarosa aventura para un chico de pueblo.

Recordé en otro pasaje una tarde de merienda en una tasca de la zona con amigos que, lo lamento, ya no frecuento desde hace tiempo como debiera. Y también me dejé caer por la puerta del domicilio de alguien a quien una vez fui a pedir un trabajo extra y, para sorpresa mía en esa misma mañana, el hombre salía del portal, con paso lento y pausado debido a lo inexorable de su edad. Ni me vio.

Me gustaba entonces, de lo que ya hace casi un cuarto de siglo, aquel barrio castizo y hoy plagado de inmigrantes, lo que ha llevado a muchos naturales a abandonarlo. No sé si con motivos o no. Uno que lo hizo me habló de cierta inseguridad que se respiraba en la zona.

Todo era cruzar el río, creo que felizmente recuperado, y estabas en la otra parte. Y hasta olía distinto. Y, a lo mejor, también los pájaros cantaban de otra forma, posados en los muy frondosos árboles del alegre parque.

De pronto, me paré en aquella esquina del que fue vetusto instituto de enseñanza media. Sí, fue en ese mismo lugar, junto a la valla que aún perdura, donde la vi por primera y única vez. Debe hacer como tres décadas. Recuerdo su tez y también su sonrisa. La primera, morena; la segunda, tan brillante como cautivadora. Me encanta recordar esto a estas alturas del viaje. No sé lo que habrá sido de ella; normal, porque no intercambiamos ni una sola palabra. Tampoco podría asegurar que mi recuerdo sea tan perceptible como yo me lo imagino. Me da igual. Es, al final del mismo viaje, lo poco o lo mucho que nos quedará allá donde nos encontremos. Cuando ya, quizá, ni estemos vivos para contarlo.

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