Virolas

Lo de aquella quiniela

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A partir de este lunes próximo, el destino de algunos ciudadanos en este país cambiará para bien. En cambio, para la mayoría las cosas seguirán igual. Me refiero al Sorteo navideño de la Lotería Nacional, esa tradición que año tras año, cada 22 de diciembre, nos hace a tantos soñar. Bien, rectifico; quizá eso era antes, cuando las lotos y bonolotos, cuponazos y rascas, no existían. Ahora, cada semana hay nuevos millonarios, lo que antes apenas ocurría en Navidad, y no nos enteramos. Jugar al Sorteo Especial de la Lotería, genuino invento español, es hoy más una tradición que otra cosa. Sin embargo, los españoles somos tan aficionados a tentar a la suerte que ni la crisis que nos asalta puede con nosotros. Este año, a jugarnos los pelos para saltar el bache.

Y si el juego nos va como anillo al dedo, la picaresca, otro conseguido logro hispano, también. Hoy me he acordado de algo que sucedió en mi vida cuando yo tenía la edad que tiene ahora mi hijo: si acaso superaba la decena de años. Pasó que un chico de mi edad se presentó un lunes ante el titular del local donde se sellaban las quinielas en mi pueblo exhibiendo un boleto. Le dijo que lo comprobara. El hombre lo miró, lo repasó varias veces y, estupefacto, no salía de su asombro: aquella quiniela tenía los 14 aciertos. Junto al chaval, corrió a una entidad de ahorro más próxima para allí depositarla. En aquel entonces, el premio era bastante sustancioso para la época; quizá, creo recordar, más de 10 millones de pesetas de comienzos de los años setenta. Avisaron al padre de la criatura, de quien contaban que al recibir la noticia rompió en dos la azada con la que faenaba en el campo en ese momento. Se acabó la mala vida, debió de pensar para sus adentros. Junto a su hijo, se fue hasta una tienda de bicicletas y le escogió la que más le gustaba al chaval; el chico, qué duda cabe, se la merecía y esa era su mayor ilusión.

En esos años, las quinielas no gozaban de las nuevas tecnologías de hoy en día, con esas terminales con lectores ópticos, por lo que hasta que no llegó el correspondiente listado por correo al establecimiento no se pudo comprobar la numeración del sello. Y ahí es donde la historia se descompuso cual castillo de naipes: el número del sello no se correspondía con boleto alguno que estuviera premiado. Interrogaron al chaval y, al final, éste confesó que lo había falsificado. En la noche del domingo rellenó una quiniela con los 14 aciertos y le pegó el sello –como antiguamente se hacía– de un boleto en el que apenas había acertado 5 o 6 partidos. Su padre, iracundo, por poco lo mata al conocer la triste verdad.

No sé lo que habrá sido de ellos pasados tantos años. Me imagino que aquel chico, que hoy tendrá mi edad, habrá seguido tentando la suerte cada vez que se le haya puesto a tiro. Lo que ocurre es que de todo se saca una enseñanza: quiso engañar al Patronato de Apuestas Mutuas Deportivo-Benéficas y, en su cándida inocencia de entonces, le salió el tiro por la culata.

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