Virolas

Más sobre un zapatazo

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Nunca, desde lo del soviético Nikita Sergéyevich Jruschov en la ONU, un zapato (o dos, en este caso) había dado tanto de sí. El lanzador circunstancial erró el tiro por dos veces. Disparaba su calzado contra el que aún pasa por ser el hombre más poderoso del mundo. Lo llamó perro, mientras buscaba al presidente para hacer diana, quién sabe si en su pétreo rostro. Ocurrió hace pocos días, esta misma semana, durante la rueda de prensa ofrecida por George W. Bush y el primer ministro iraquí, Nuri al Maliki. En eso que el periodista Muntazer al Zaidi, de 29 años, se levantó de su silla, gritó enervado “este es el beso de despedida, perro” y le lanzó dos zapatazos que no llegaron a impactar en el todavía inquilino de la Casa Blanca. Tras ello, los servicios de seguridad presentes en la sala, después de tan clamoroso fallo, detuvieron al informador, como no podía ser de otra manera.

Pues bien: mucho se ha escrito y hablado estos días sobre el referido incidente. Incluso ha habido quien se lo ha tomado a chanza o chirigota. Que el zapatazo fuese dirigido precisamente a Bush ha acrecentado esa risa floja que provoca siempre este tipo de sucesos. Veríamos a ver lo que hubieran dicho si la diana buscada hubiese sido el rostro del electo Barack Obama, por ejemplo, pero claro, dirán algunos: es que el nuevo presidente aún no ha hecho nada para que en Bagdad lo traten así. Son los mismos que con idéntico jolgorio hubieran celebrado un envío de similares características con franqueo de destino al francés Nicolas Sarkozy y ya no digamos para el italiano Silvio Berlusconi. Qué risa, tía Luisa, que decían aquellos cómicos de la tele en blanco y negro de nuestra remota niñez.

Nadie va a cuestionar a estas alturas la gestión, rayana en lo garrafal, del presidente Bush. Su metedura de pata en Irak, por llamarla suavemente, ha sido tan sonada como gravemente costosa, en especial en vidas a descontar de uno y otro bando. Nada que objetar para que se le critique al que, dicen, pasará a la historia como uno de los peores mandatarios de los Estados Unidos de América. Pero de ahí a que se hagan chistes fáciles por un gesto ofensivo hacia quien encarna la máxima autoridad de un país, media un abismo. Muchos ciudadanos cuentan las horas para llegar al 20 de enero y que, por fin, se produzca el ansiado relevo. Estoy convencido de que Obama, investido ya con la púrpura de la autoridad moral tras haber sido elegido por amplia mayoría, desaprueba hasta en sus círculos íntimos el frustrado zapatazo del otro día. E imagino que no hace chanzas al respecto. Todo lo contrario de cierta progresía intelectualoide que se permite, además, elucubrar sobre la dignidad que para el Comandante en Jefe de los EE UU supone agacharse, en un acto reflejo, ante el objeto contundente y no identificado que se le aproxima a la cara, a la velocidad que le imprime el brazo de un ser harto y asqueado con la miseria humana.

  

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