Diario

Diario de un prodigio (XLIV)

ranaserpiente

 

Ni me acuerdo cuándo fue mi primer encuentro con la muerte. A lo más que llego es a referir que un día, tendría yo unos 10 años, hallándome convaleciente en casa de mi abuela y en ausencia de mis padres, el ruido de la sirena de una ambulancia me alertó. Justo en la casa de enfrente acababa de morir un hombre. Bueno, en realidad un infarto le había fulminado mientras tomaba un café en un bar de un pueblo próximo. Recuerdo que aquella ambulancia lo trajo a su casa, ya cadáver, y no sé para qué con tanto ruido si el pobre señor ya era difunto.

Hasta entonces mis referentes con la muerte solían colgar de la pared. Una foto amarillenta de mi abuela materna, que murió joven pero parecía mucho mayor, y otra de una tía que se marchó de esta vida a poco de superar la veintena.

Cuando eres pequeño, pocos aciertan a explicarte con atino en qué consiste morirse y, lo que es peor, por qué se muere la gente. En esa época solemos asociar el trance a un largo sueño como el que en los cuentos y películas infantiles protagonizan héroes y heroínas. Un sueño que, para nosotros, sería reversible. En mi niñez me impactó mucho lo que se decía de Walt Disney: que su cuerpo estaba congelado por si en el futuro se inventaba algo para resucitar. Qué suerte, pensaba yo.

En estos días, cuando se acerca la Navidad, se muere gente que quisimos y que nos quisieron. Suele pasar casi todos los años, que yo recuerde. No sé el motivo ni la razón por la que una muerte en las puertas de esas fechas deja más cicatriz en el corazón que en cualquier otro mes del año. No es de extrañar, por tanto, que muchos abominen de estas fiestas donde ya no están los que antes sí estaban, donde se recuerda aún más al ausente.

Borges escribió que la muerte es una vida vivida y que la vida es una muerte que viene. Y en un viejo manual occidental se lee que nadie aprenderá a vivir si no ha aprendido antes a morir. Será cuestión de reflexionar al respecto.

 

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