Virolas

El último sacrificio

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Primero fue Lemóniz, luego Leizarán. Ahora, el AVE vasco. Se diría que esta gente quisiera que en esos bellos parajes norteños aún sus gentes fueran con el carro y las yeguas atravesando el pedregal. Que el mundo sea oscuro y triste, más bien grisáceo, como el cielo cuando amenaza con la tormenta que se barrunta. Que nada avance. Que todo se quede como estaba. Estos gudaris del siglo XXI, tan envalentonados ellos, que son tan hombres para descerrajarle dos tiros, en la nuca y en el pecho, a alguien de casi 72 años, indefenso, sin escolta, en una tierra a la que todavía no llegó a implantarse en su calles la palabra libertad en la más amplia acepción de su concepto.

He comenzado hablando de sendos episodios en los que la banda etarra tuvo mucho que decir y que decidir. En la central nuclear de Lemóniz, una obra casi acabada pero a la que nunca llegó a sacársele rendimiento, las balas pudieron más que las razones: ETA se llevó por delante la vida de dos ingenieros y tres obreros –porque los asesinos también matan a trabajadores de base– sembrando el miedo y el terror en cuantos colaboraron con aquel ambicioso proyecto. Era su curiosa forma de transmitir a la sociedad su particular Nucleares, No.

La autovía de Leizarán, que uniría Navarra con Guipúzcoa, costó otras cuatro vidas. Al final, la banda se salió con la suya abandonándose las obras iniciales y modificando su trazado. Curioso mensaje ecologista el de los etarras, trufado de 9 milímetros Parabellum.

El pasado año ETA puso sus ojos en el AVE vasco, colocando en mayo su primer explosivo en una constructora de Hernani. Ahora, Ignacio Uria Mendizábal es su última víctima, un vasco por los cuatro costados, cercano al PNV y empresario emprendedor. La suya es una empresa de las adjudicatarias de la mayor infraestructura en la historia de Euskadi, el mismo país al que estos valerosos pistoleros tanto alardean que defienden. Uria había nacido en un caserío situado en las faldas del Izarraitz, en el valle del Urola. Ni siquiera ese pedigrí, ese ADN singular sirve para detener el percutor de las pistolas asesinas. A Ignacio le han segado la vida por no arrugarse, como tantos otros. Por no dejar su terruño aun a pesar de las veladas amenazas. Por responder a los chantajistas yendo todos los días a jugar la partida con los amigos al bar Kiruki, algo que ya no volverá a hacer jamás porque así lo han querido sus asesinos. A los que creemos en el Estado de Derecho sólo nos queda contener la rabia y esperar a que den con sus huesos en la cárcel más pronto que tarde.

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