Diario

Diario de un prodigio (XLIII)

tenis

 

Hasta hoy desconocía lo que era la epicondilitis. Me ha dicho que así se llama cierta dolencia que padezco mi médico de la Seguridad Social, al que he ido esta mañana para que me aliviara un persistente dolor que me acompaña desde hace días en parte de mi brazo izquierdo. Más comúnmente, me ha dicho, lo que usted tiene se denomina lesión de codo de tenista. Eso sí que lo había oído antes, la verdad. Sin embargo, es paradójico que yo padezca ese mal en los músculos y tendones de la cara lateral externa del codo, por sobreuso o esfuerzo repetitivo, cuando hace casi 15 años que no cojo una raqueta. Es por ello bastante improbable que, fruto de mis malos golpes de revés o de mis defectuosos saques, yo haya podido padecer esta dolencia que me es tan molesta.

Bromas aparte, en mi juventud practiqué diversos deportes –y entre ellos, el tenis– que fui abandonando con el discurrir del tiempo. El de la raqueta fue uno de ellos y siempre recordaré una anécdota acaecida en un verano –debió ser allá por 1977 o 78– en un hotel de la costa alicantina en el que pasé dos semanas con mis padres y hermanos. Allí había dos pistas de tenis y mi hermano Enrique y yo nos dispusimos a utilizarlas tan pronto como llegamos. Pertrechados con nuestras raquetas y nuestros impolutos polos y pantalones blancos, aparecimos la primera tarde por las pistas. Allí había gente que ya estaba jugando, ahora lo recuerdo, y un chaval nos invitó a que nos sumáramos a su partido. Nos situamos mi hermano y yo como pareja frente al joven que tan amablemente se había comportado y a otro que le acompañaba. Ya en el peloteo inicial dejé constancia de algunos buenos golpes que, por un momento, hasta a mí me hicieron alucinar. Durante el set que disputamos, nosotros lo hicimos bastante aceptable; tanto que ganamos. Al abandonar las pistas, el chico que nos había invitado a jugar me preguntó si yo pertenecía a algún club. Le dije que no, interesándome sobre el motivo de su pregunta. Es que juegas muy bien, me dijo. Ha sido casualidad, le respondí. Vaya, pues yo creía que eras casi un profesional y casi me arrepiento de haberos invitado para que nos machacaseis, insistió con cierta dosis de asombro. No, hombre, no; sólo ha sido casualidad, acerté a repetirle otra vez, aunque sospecho que nunca me creyó. No volvimos a jugar contra ellos en aquellas dos semanas.

Volviendo a este miércoles, el médico me ha dicho que tomando durante 20 días Ibuprofeno 600 conseguiré superar mi lesión. De no ser así, tendrían que infiltrarme. Todo en un lenguaje muy propio de galenos y deportistas, algo esto último que yo no ejerzo prácticamente desde que concluí mi servicio militar, en el lejano año de 1983. ¡Cuánto ha llovido!

Y sobre el tenis, algo más: siempre cuento a mis amigos otra anécdota, cuando una vez gané un espectacular trofeo en un torneo para periodistas en el que, en la entrega de premios, había más copas que jugadores. Un compañero organizador me llamó por teléfono a mi casa, con urgencia, para que recogiera uno. Lo hice sin dar un solo raquetazo, pues mi primer y único partido se suspendió por incomparecencia. De modo que me llevé la copa sin bajarme del autobús, como gustaba decir al mito futbolero que era H. H. Pero claro, eso no se lo conté esta mañana a mi médico para no entretenerlo, ya que tenía varios pacientes en la sala de espera.

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