Virolas

Tránsito en la huerta

 

En un día que presumimos frío de aquel diciembre de 1922, vio la luz en una casa de adobe, enclavada en el corazón de una huerta húmeda y helada aunque todavía verde y frondosa. Imaginamos su transcurrir no del todo placentero, aunque sí apacible dentro de la modestia que albergaba el lugar. Conoció a un mozo con el que estrechó lazos, que luego cobrarían formalidad al uso, y de aquella unión nacerían hasta cuatro retoños. Como morada, él construyó con sus manos una vivienda no muy alejada de la que dio refugio a su mujer durante la infancia y juventud.

La vida fue pasando, los días fueron llegando, los hijos crecieron y aquellos dos ancianos pensaron que el resto de su existir lo pasarían entre aquellas cuatro paredes en las que habían escrito sus vivencias, con luces y sombras, durante seis décadas.

Un día recibieron una carta oficial que les conminaba a llegar a un acuerdo. Ese trato tenía un nombre que les rechinó en sus sesos. Se denominaba expropiación. Aquella casa, embutida en plena huerta, donde el sol era el mejor cómplice posible y los jilgueros sus más fieles trovadores, era un estorbo para el diseño urbano de una gran avenida proyectada. Válgame Dios, debieron decirse el uno al otro. Qué será de nosotros, se cuestionaron.

Litigaron por lo suyo pero la justicia les fue esquiva. No es cuestión de poner trabas al progreso, que para eso están los otros, para abrir vías al futuro, aunque sea mediante una excavadora que derribe sin contemplaciones los inconsistentes muros y paredes de una sencilla vivienda donde moraban dos octogenarios.

Si nos quitan esto, nos quitan la vida, dijo él a la reportera. La levanté con un jornal que era más bien escaso, explicaba. Un año antes de abandonarla, ella comenzó a empaquetarlo todo temiéndose lo peor. La alternativa pasaba por irse a un piso en la ciudad. Pero aquello no iba con ellos. Si a veces no se conocen los mismos vecinos de una escalera, se lamentaba ella. He sido feliz aquí, tengo la iglesia cerca y la tienda y con eso me basta, añadía.

Al final, tuvieron que irse. La pala mecánica hizo el resto. Fueron a un pisito sin muchas ganas de vivir, sobre todo ella. A pesar de su longevidad, dijo el médico que su edad mental era de una mujer de 65 años. Pero eso fue antes de que le expropiaran su casa y quién sabe si también su alma.

En mi tierra suele decirse que cuando alguien se pone mal y se lo llevan al hospital es que le ha dado un trastorno. De eso murió ella de madrugada. Harta de vivir y de bregar por su hacienda. Una escueta esquela da cuenta hoy en un diario del óbito: Violante Pardo López, fallecida a los 85 años, huertana de la Senda de Granada. Descanse en paz.

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