Diario

Diario de un prodigio (XLII)

 

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Ahora que me acuerdo, tal día como hoy de hace 33 años, un adolescente de apenas 13 primaveras se sentó frente a la pantalla de una televisor en blanco y negro para ver pasar la Historia. Fueron unos días en los que se sepultó, bajo una losa pesadísima, a un general que había regido con mano firme y autoritaria los destinos de un país a lo largo de casi 40 años y tras una cruenta contienda fratricida. Tras su desaparición, un joven rey aspiraba a sucederle. Aquella mañana, un hombre ojeroso y con cara de circunstancias llegaba al palacio de la Carrera de San Jerónimo, en Madrid, para jurar un destino. Yo, embelesado ante la tele, sólo deseé para mis adentros que nos fuera bien a todos, desde la inocencia de mis cortos años. Y que a aquel hombre que mantenía el rostro tan serio ante la impresión de los acontecimientos que se le veían encima, le ayudara la Providencia.

Han pasado 33 años desde entonces. Aquel hombre es Rey desde esos días tan señalados y en su caminar no ha estado exento de dificultades. En aquellas fechas era un joven padre que se abría a un mundo inescrutable; hoy es un abuelo, imagino que feliz, cuando sus nietos lo rodean y le piden que les dé juego.

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