Virolas

Secuencias traslúcidas

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Este pasado verano, alguien violento y perturbado mandó a la UCI de un hospital a un hombre que se atrevió a mediar en un caso flagrante de malos tratos. Sorprendentemente, la mujer agraviada, dejando en muy mal lugar a sus congéneres que sufren día a día esta lacra lacerante, salió en defensa del agresor, en actitud que dice bastante sobre ella misma. En un principio, el presunto atacante quedó en libertad con la obligación de comparecer cada 15 días ante la autoridad. Posteriormente, el juez llamó a quien había propinado los puñetazos y los golpes para que declarara, dictando prisión provisional sin fianza.

El tiempo pasaba. La familia del agredido permanecía a pie de cama en el hospital, mientras éste se debatía entre la vida y la muerte. Experimentó una ligera mejoría, recuperó incluso la conciencia, pero tuvo una recaída. Mientras tanto, la mujer agredida comenzó un vergonzante carrusel de visitas a los platós de aquellas televisiones que querían hurgar en la mierda. Los inquisidores del programa de turno se interesaban por los pormenores de lo acontecido. Algunos, incluso, la descalificaban y despreciaban olímpicamente, mientras unos y otros cobraban su minuta como actores principales de una farsa del todo humillante para cualquier sociedad cabal que se precie. En uno de estos programas se hicieron con la grabación del vídeo de seguridad del hotel donde acontecieron los hechos. Lo exhibieron una y otra vez, sin detenerse en que en el mismo aparecía un menor –hijo del agredido– que evita que el agresor se ensañase aún más con su padre. Para culminar tan ejemplarizante demostración de lo que es el periodismo que nos invade, llevaron al estudio a un individuo al que presentaron como alguien experto en decodificar los gestos de los humanos. Todo tan patético.

En el román paladino que glosó Berceo, el caso que nos ocupa pone bien a las claras que a uno le van mejor las cosas cuando evita complicaciones. No será la primera ni la última vez que vayamos por la calle, haya alguien tumbado en el suelo, y hagamos como que no lo hemos visto. El otro día un pedigüeño decía en un programa televisivo que muchos, al pasar por su lado y presentirlo con la mano abierta, lo convertían en invisible. El hombre que hoy lucha por sobrevivir en la UCI de un hospital no quiso que la agresión a una mujer fuese algo transparente y traslúcido. Salió en defensa de ésta y acabó apaleado por el bravucón que la vilipendiaba. Luego ella completó el resto de tan abyecto guión. Que nuestra solidaria sociedad tome nota al respecto.

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