Virolas

La ciudad que nunca duerme

nueva-york

 

Llegué a la ciudad que nunca duerme medio dormido. Me costó lo suyo bajar del avión en el aeropuerto JFK. Tras recoger las maletas, un taxicab me llevó al hotel, el Millennium Plaza, en el East Side, el corazón de Manhattan. Me situé frente al emblemático edificio de Naciones Unidas. A llegar a mi habitación, me asomé a una de sus ventanas. Desde allí pude contemplar el imponente Empire State y, no mucho más lejos, el edificio de la Chrysler. Impresiona desde la altura ver las entrañas de una ciudad donde dicen que habitan más de 8 millones de almas.

Alguien me había dejado sobre la mesa del dormitorio un ejemplar del The New York Times. Ojeé su portada y algo me epató. Aunque mi inglés no fuese muy académico, entendí su gran titular: Iraq war ends (Acaba la guerra de Iraq). Las tropas regresan inmediatamente, leí a continuación, al tiempo que intentaba discernir si todo aquello se debería ya al impactante triunfo de Barack Obama en las presidenciales del 4 de noviembre. ¿Pero si no será presidente hasta enero próximo?, pensé al instante. Seguí leyendo que los soldados vuelven y lo dejan todo en manos de los cascos azules de la ONU, en labores de mantenimiento de la paz y  reconstrucción del país; y también de Afganistán.

Si esa noticia me dejó noqueado, no menos la que hablaba del procesamiento de George W. Bush por alta traición. Se decía que el todavía presidente se enfrentaba además a cargos por falsificación documental para justificar la guerra. Y que la muy altiva Condoleezza Rice pedía disculpas al mundo por defender que el sátrapa Sadam Husein tenía armas de destrucción masiva sabiendo que era una burda patraña.

De pronto, mis ojos se fueron hacia la parte superior de la portada del diario. Observé la fecha y mi asombro se acrecentó aún más: 4 de julio de 2009. ¿Ciencia ficción?, me pregunté dudando. Luego leí el lema de tan prestigiosa publicación, lo que acabó por desconcertarme: Todas las noticias que deseamos imprimir. ¡Por Dios!, exclamé exacerbado.

De pronto, un zumbido que no me resultó del todo extraño comenzó a sonar con insistencia cerca de mí. Era el de un despertador que avisaba, siempre tan puntual él, para que me levantara esta mañana a las 7 y media. A mí, que soñaba dormido con la ciudad que nunca duerme.

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