Virolas

Acuse de recibo

La verdad es que había especulado muchas veces sobre cómo sería su vida si, a su ya madura edad, alcanzaba la posibilidad de hacer lo que le diera la gana. Un día de diciembre se dio de bruces con la cruda realidad: su empresa podría prescindir de él y a cambio lo mandaría a casa con un buen sueldo que empalmaría con su jubilación. Se felicitó por ello y dijo que dedicaría su tiempo a leer los libros que no leyó, a pasear los trechos que no anduvo y a cultivar su espíritu, últimamente un tanto descuidado. También a hacer algo de ejercicio, a caminar por la huerta, mientras veía crecer las plantas y a embriagarse de esos olores tan singulares de sus lejanas excursiones escolares. También pensó que escribiría, más aun de lo que lo hacía hasta entonces. Y quizá escribiera relatos que desembocaran, quién sabe, en un libro. Y si le quedaban ganas, incluso llegaría a matricularse en la Universidad, una vieja aspiración que tenía desde joven.

Comenzaron a pasar los días y desde su nueva situación optó por cambiar algunas cosas. Se levantaba hacia las 10 de la mañana, desayunaba y leía la prensa, se aseaba y salía a dar un paseo. Solía encontrar y hablar un rato con algún conocido en el trayecto; generalmente, jubilados. A mediodía tomaba un ligero aperitivo y hacia las 2 se dirigía a un bar del pueblo donde compartía el menú el día con obreros e inmigrantes, con alguno de los cuales, incluso, trababa conversación sobre cuestiones a veces intrascendentes mientras acompañaba el café con un purito. Por la tarde se echaba una pequeña siesta para, hacia las 5, salir a andar un rato. Merendaba y luego leía durante unos tres cuartos de hora, más o menos. Algunas veces, generalmente los miércoles, iba al cine. Cenaba, y bien volvía a leer el libro que le ocupaba o visionaba en la tele algo que le interesara: quizá un programa de debate o una película atrayentes. Hacia medianoche, el sueño le asaltaba y se acostaba hasta el día siguiente. Solía dormir bien.

En los primeros meses de esa nueva vida no consideró esa programación de su existencia como algo rutinario. Simplemente, se dejaba llevar. Un día, el cartero le dejó en el buzón de su casa un aviso de certificado. Tras recogerlo, acudió a la oficina de Correos inquieto por lo que pudiera ser. Era una carta con acuse de recibo en la que le comunicaban que había ganado un prestigioso premio literario cuando ya casi había olvidado que hacía meses que envió el original al concurso. Supuso que, sin rebasar la cincuentena, su actual vida cambiaría y que, posiblemente, se acabaría aquella existencia monacal que llevaba en el pueblo desde hacía unos cuantos meses. Arrugó el papel y lo rompió en mil pedazos ante la atenta mirada del cartero, que era su amigo.

-¿Qué te decían?, le preguntó ávido el funcionario postal.

Nada, una multa del radar de la Guardia Civil de Tráfico, acertó a contestarle.

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