Virolas

De la aflicción por un hijo

 

Muchas veces he reflexionado en mi soledad sonora, que decía el poeta, sobre la sensación que experimenta un ser humano cuando vuelve a su casa tras enterrar a un ser querido. Y más doloroso aún supongo que resultará si esa muerte acaeció en alguien generacionalmente posterior a nosotros; por ejemplo, un hijo. Uno, que nunca quisiera verse afligido en esa coyuntura.

Cuenta al respecto Julio Anguita en su obra autobiográfica Corazón rojo que el grito más desgarrador que haya oído en su vida salió de la garganta de su ex mujer el día en que éste le comunicó que el hijo de ambos, periodista en zona de conflicto, había muerto por disparos durante la invasión de Irak.

Ahora he rebuscado en mi interior sobre este tema al acordarme de alguien cercano que acaba de atravesar por tan durísimo trance. Y me cuesta pensar en esa llave que abre la puerta de una casa donde alguien ya no estará jamás, donde nos llegaremos hasta su habitación y veremos sus enseres que ya no utilizará más, sus ropas, sus juguetes, su mochila, sus libros del colegio… La vida es muy injusta en ocasiones y privar de la existencia a una criatura es de lo máximo en ese sentido que nunca se puede llegar a comprender del todo. Si existen los ángeles, ellos debieran ser prolongaciones de estas vidas, tan inocentes y tan amargas en el último trance para quienes se quedan aquí, guardándoles la ausencia. Pesa sobre esos padres la pérdida de un ser desde el sentido protector inherente a su condición de tales, mientras repiten una y mil veces que no es posible, que es injusto o que no puede ser.

El eminente padre del psicoanálisis, Sigmund Freud, que tanto y tan profundamente estudió la mente humana, reconoció sin dobleces que la pérdida de un hijo es algo insustituible. El también psiquiatra español Luis Rojas Marcos califica esa circunstancia como una de las experiencias más penosas que pueda sufrir un ser humano. Un hijo, al fin y al cabo, es una parte consustancial del proyecto que da sentido a nuestra vida. Y hasta algunos animales así lo entienden al verse en semejante tesitura. Este verano, sin ir más lejos, un gorila hembra acongojó a los visitantes de un zoo en la ciudad alemana de Muenster con sonoros lamentos de sufrimiento por la muerte de su bebé, al que aún sostenía en brazos como se aprecia en la fotografía de arriba. Alguien escribió certeramente una vez que hay dolores que matan, pero los hay más crueles: los que nos dejan la vida sin permitirnos jamás gozar de ella.

 

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*Ferguson, Ronaldo, Franco, el Madrid y Di Canio

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