Virolas

Causa ‘generalísima’

 

 

Lo que aparece arriba es un certificado de defunción, el papel que atestigua que uno ha dejado de existir. Ya se sabe, la muerte, esa que a todos nos ha de llegar y que a todos nos iguala. A poderosos y endebles, a pobres y ricos, a cultos e ignorantes, a altos y bajos…

No tendría mayor reparo ese documento si no hubiera sido reclamado por un juez. Lo pide como paso previo para abrir una causa general. Mediante la misma, pretende indagar sobre crímenes cometidos durante la Guerra Civil española y el período posterior a ésta: la dictadura franquista. El magistrado califica estos hechos como crímenes contra la Humanidad, en semejanza a otros episodios de la triste historia del hombre como el Holocausto nazi pongamos por caso.

En un auto de 68 páginas, su señoría entiende extinguida la responsabilidad por fallecimiento de 35 jerarcas del régimen que sucedió a la República. Entre ellos, alguien a quien de forma grandilocuente llamaron generalísimo y varios generales, léase Franco, así como Mola, Yagüe o Queipo de Llano, apellidos todos que daban nombre a miles de calles y plazas de este país hasta hace bien poco. También habría varios civiles a quienes se corresponsabiliza de la represión. Por una simple cuestión vegetativa y aunque alguno superó la centena, ninguno lo puede contar ya. Para atar cabos sueltos y para que conste documentalmente, el juez reclama las correspondientes certificaciones de que los muertos no están vivos. Uno de ellos, al que pertenece el documento arriba fotografiado, no sólo está muerto administrativamente desde 1975. Recuérdese que sobre su tumba, ubicada en cierto valle al que daban nombre los caídos en la contienda fratricida, se colocó una fría mañana de noviembre una piedra de más de una tonelada de peso. Unos creyeron que para que nunca saliese, en caso de que exista una hipotética resurrección. Otros lo entendieron en el sentido de que se hacía para que nadie osase profanar el lugar.

Ahora, removiendo todo esto es más que probable que alguien discurra exhumar el cuerpo inerte y fusilarlo al amanecer junto a una tapia de Cuelgamuros. Lo que ayer se fue incapaz de hacer con el dictador en vida, mientras gobernaba con mano de hierro un país pusilánime, lo haríamos hoy con su cadáver momificado. Hasta el nada sospechoso Tzvetan Todorov, el ensayista de origen búlgaro y nacionalidad gala, Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales, lo acaba de decir: “Resolver mediante la ley cuestiones de un pasado más o menos remoto es una empresa condenada al fracaso”. Pasados casi 33 años del deceso del principal inculpado, habría que tener los suficientes arrestos para ello.

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